Llover sobre mojado


Escuchar el evangelio de este domingo y no imaginarse los temporales del Sur será signo de estar simplemente calentando el asiento en misa o haberle puesto ‘mute’ al cura mientras leía la Palabra de Dios. Las casas que se llevaba el río, personas mojadas hasta el alma y puentes que, con uñas y dientes, sujetan ambas orillas, son imágenes que deberían brotar por sí mismas cuando oigamos la parábola de Jesús a sus discípulos.

Sin embargo, habrá que tener mucho cuidado al conectar una cosa con la otra. No faltará quien interprete esto como señales del malestar de un dios que perdió la paciencia y no encontró nada mejor que hacer un ‘remake’ del Diluvio –erupción volcánica en el sur, inundaciones en el centro…. ¡faltaría un tsunami en el norte para completar! –. Como la gente no va a misa, aprueba el uso de la píldora del día después y quema la Virgen de la Catedral, Dios recordó que no hay que tomarle el codo y tenemos que portarnos bien. Sólo así nuestra casa estará construida sobre la roca y aguantará la corriente.

Afortunadamente esta lectura apocalíptica de los hechos, aunque tiene adeptos, cada vez es menos peligrosa. Incluso un niño pequeño sabe del calentamiento global o del fenómeno de la niña y, por eso, no necesita culpar a Dios de las embarradas que están dejando sus padres en el planeta. Pero hay otro tipo de lectura que también tiene sus seguidores: aquellos que, creyéndose más misericordiosos, simplemente rezan por los damnificados y dan gracias a Dios porque la mayoría de la gente está sana y salva en albergues. Consternados ven cómo el río se lleva la casa de los más pobres, pero sin preguntarse por qué estaban construidas sobre arena o dónde llegaron a parar. Mientras en el primer caso se culpa a Dios, en el segundo se acude a Él como consuelo frente a lo sucedido.

Según mi opinión, en ambos casos es preferible ignorar a Dios. Si la fe se trasforma en seguro de vida frente a un Dios picota o simplemente en contacto que lo valida en Su facebook, mejor ser ateo.

Será el mismo evangelista quien, antes de narrar la parábola, sitúe la experiencia de fe en su real contexto: no todo el que diga ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos. A su juicio, no coinciden necesariamente ‘hacer cosas en nombre de Dios’ que ‘hacer la voluntad de Dios’*.
¿Hay que actuar? Ciertamente. Porque si ésta no brota de la íntima conversación con Dios y la búsqueda de Su voluntad, podremos deslomarnos haciendo cosas pero no necesariamente responder al querer de Dios hoy. Frente a los vaivenes y temporales de nuestro siglo, se necesitan comunidades que disciernan y no simples custodios de excelentes respuestas. ¿Hay que rezar entonces? Por supuesto... ¡y mucho! Pero la fe que brota del diálogo con el Padre se verifica en la justicia y praxis de Jesús. En caso contrario, el creyente se convierte en futbolista que se persigna antes de entrar a la cancha para ganar los partidos, en taxista que tienen a Dios como copiloto, o estudiante que pide la intervención divina frente a la prueba que deben dar. Y ante quienes pretenden transformar la religión en un fetiche, Dios responde: ‘No los conozco. Al único que conozco es a mi Hijo Jesús’.

Jesús es la Piedra que desecharon los arquitectos, la Roca que cimienta el Templo del cual somos piedras vivas. Sobre Él y con Él hay que construir de una vez por todas nuestras vidas. Dios y nuestros hermanos están cansados que les llueva sobre mojado.

Mario

* Nota del Editor: Cfr. "Creerle a Dios", comentario de Mario en TLD 24 de Junio de 2007

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Fuerte lo tuyo, Mario!
P. Giorgio