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Rescate

http://www.boston.com/bigpicture/2010/10/rescued_from_a_chilean_mine.html?camp=localsearch:on:twit:rtbutton&ref=nf

Hace muchas semanas que el derrumbe de la mina San José dejó de ser un simple accidente donde una treintena de mineros quedaron atrapados bajo tierra y un ingenioso operativo para rescatarlos con vida. Mientras los diarios extranjeros informan del hecho y del impresionante esfuerzo logístico que significó rescatarlos, en Chile se habla de ‘héroes’ tanto para describir a los mineros como a quienes los rescataron o de la ‘victoria’ que el país logró en la dura batalla contra quien, meses atrás, había destruído todo lo que encontró a su paso. En un tono menos poético, también se analizan las repercusiones que esta situación tendrá en términos sociales, el rol que han jugado los medios de comunicación y el modo como el gobierno ha manejado la situación –incluyendo, por supuesto, los dividendos políticos que ello implica–. El accidente y el rescate, entonces, sobrepasaron los límites de un simple hecho para convertirse en ‘narración nacional’, fenómeno mediático y barómetro de notoriedad política.

Si bien todos estos análisis son justos, tengo la impresión que ninguno da cuenta de cómo este accidente ‘toca algo’ de cada persona. Dejando de lado el discurso chovinista y el juicio preciso, esta especie de parábola pareciera reactivar, en cada uno, cosas que han sido tapadas por quién sabe qué derrumbe pero que siguen ahí… vivas y enviando señales de su presencia. Los sueños de juventud que fueron cubiertos por el polvo de eso que nos gusta llamar ‘la vida real’ o simplemente las ganas de vivir ahora ocultas entre tantos conflictos y depresiones, parecieran cantar desde el fondo de nosotros ‘la canción nacional’ y así recordarnos que están ahí, tan reales como la peor de las pesadillas.

¿Por qué no poner en marcha, entonces, las logísticas que rescaten a esos olvidados que, de vez en vez, nos envían señales de su presencia? Hay muchos enterrados haciendo fuerza por salir –los pobres en los campamentos, los mapuches en el sur, los homosexuales en nuestras familias,… – como también dimensiones de nuestra vida que pugnan por ver nuevamente la luz –devociones olvidadas, sueños de justicia, lecturas o amigos dejados de lado, …–.

Qué bonito sería, como nos cuenta el evangelio, invitar a los vecinos para decir: “había perdido una moneda y la he encontrado; tenía una oveja perdida, pero ahora está segura sobre mis hombros”. Visto así, no pareciera tan difícil sumarse a la real alegría de los familiares de los mineros… ni a la eterna alegría de Dios.

Hijos de la tierra

La realidad se impone.

Frente a todos los discursos sensacionalistas sobre el bicentenario, la fiesta patria ha puesto sobre la mesa lo que somos y tenemos. Ni más ni menos. Quienes pensaron que a esta celebración solo podrían participar los parientes bien vestidos, se ven obligados ahora a recibir a los familiares pobres y dejados de lado. Gracias a ellos y su abrupta irrupción, el niñito del MAC se ve obligado a compartir la mesa con la señora que aun toma mate al borde del brasero. La huelga de hambre de los mapuches, el encierro bajo tierra de los mineros o la rabia que se incuba entre los estudiantes han sido un cable a tierra aun más potente que el terremoto para todos quienes vivimos conectados con el mundo, pero desconectados del país y sus tensiones.

Para algunos, esta irrupción es una invitación a reconocer nuestra filiación terrestre. La ‘gente de la tierra’ nos ha recordado lo valiosa que ella es… incluso a riesgo de la propia vida. Quienes descienden a las entrañas de la tierra para extraer sus riquezas –también arriesgando la vida–, nos recuerda que el huaso a caballo es un falso personaje nacional y que la mayoría debe trabajar como temporero, minero o colono en el sur. En este año, entonces, los hijos de la tierra parecieran invitarnos a reconocer lo bello que es nuestro país y su gente, al mismo tiempo que los esfuerzos heroicos que deberíamos hacer para cuidarlo.

Sin embargo, no debemos olvidar que la ‘sangre araucana’ ha sido derramada y que su cultura y ritos han sido castigados durante siglos. El ‘rigor del minero’ no es fruto de un acto de heroísmo, sino del esfuerzo diario por ‘parar la olla’. El pequeño agricultor que ahora debe cortar árboles para las madereras o el pescador artesanal que debe comprarse un taxi para ganar plata, están más o menos en las misma situación. Todos ellos, tan conectados con la tierra y el mar, nos recuerdan que nuestro bello país está tejido también de injusticia y de ninguneos. Por eso, si sus demandas de justicia nos parecen fuera de contexto o novedosas, hay que preguntarse si vivimos en la luna aunque comamos empanadas todos los días o discutamos sobre el futuro ‘del país’.

Esperemos que este bicentenario nos ayude a aterrizar y no meter, como siempre, los temas debajo de la alfombra. ¿Dónde quedó, por ejemplo, el debate sobre el sueldo mínimo y la ley laboral, el necesario cambio de la Constitución y el sistema binominal, la discusión sobre la energía o el monopolio de algunas empresas? Esa también es tierra fecunda para sembrar justicia o simplemente dejar que crezca la maleza y la cizaña.

A no echar tierra encima, entonces, sobre nada ni sobre nadie; solo al final de nuestros días podremos entrar en ella y reposar. Mientras tanto, a trabajarla entre todos… como buenos hijos.

Vivir juntos

Hay personas que piensan que crecer es progresar. Como en esos antiguos juegos donde las fichas iban saltando los casilleros al ritmo de los dados, nos imaginamos que la vida será mejor mientras más cerca se esté de la meta y que cada vez que sale ‘6’ es tener buena suerte. Mirada así, la vida es un camino siempre hacia adelante y en constante progresión, donde una vez encontrado el ‘objetivo’ debemos ir acumulando experiencias que nos enriquezcan y donde el único problema es la velocidad con que nos acerquemos a ese fin.

Muchas veces este modo de imaginar la vida ha sido usado para referirse a la vocación. Así, el ‘llamado’ aparece como una voz que, desde el interior o el exterior, indica qué hacer con la vida y hacía dónde hay que avanzar. Igual que en las tragedias griegas donde el protagonista recibe una misión que debe cumplir contra viento y marea, la vocación viene a ser el faro que ilumina el caminar en medio de la oscuridad de la vida y que, una vez alcanzado, nos permite decir: “¡tarea cumplida!”

El problema viene cuando esta idea de la vida y de la vocación se hace llamar cristiana. Según esta lógica, la voluntad de Dios sería un plan maestro del cual cada ser humano es parte y tiene una misión particular a cumplir. La tarea del cristiano, entonces, sería descubrir cuál es esa tarea que Dios le ha designado en la vida. La oración, las prácticas de fe y el servicio de los demás serían los medios para descubrir, en medio de tanta maleza, de dónde viene el llamado y cuál es la opción a tomar. Pero una vez sabida, el resto es fácil: con el objetivo claro, hay que progresar sin perder el norte frente a los ‘obstáculos’ o ‘pruebas’ que en el camino se esconden y planean la emboscada.

¿Por qué esta visión no sería cristiana –al menos, totalmente–? Las primeras comunidades cristianas nos han transmitido que, en Jesús de Nazareth, Dios Padre ha hablado clarito y sin ambigüedades. Ahí está la vocación que ha recibido toda la creación desde siempre y para siempre: ser otro Cristo. De ese llamado ‘no se salva nadie’. Dios quiere hijos y hermanos; esa es su única llamada y eterna invitación. La vocación, entonces, no es algo a hacer, sino una relación a construir y cuidar. ¿Cómo? ¿Haciendo qué? Eso lo deberá ver cada uno, confrontando sus propios deseos con la experiencia de Jesús, la tradición de la Iglesia y lo que los tiempos reclamen. Dios no elegirá por mí, ni dirá: “quiero que seas abogado, enfermera, sacerdote”. Libremente, cada hombre y mujer deberá elegir dónde, cómo y con quién amará más a Dios y a los demás; después, deberá ser fiel a la palabra empeñada y seguir cultivando esa relación que tendrá, como fruto, tal o cual acción particular. Insisto: Dios quiere hijos e hijas con quienes relacionarse y hacer cosas juntos, no gente buena que cumpla con su deber o que haga cosas en Su nombre.

Con Dios la vida es menos clara, pues todo va dependiendo de lo que hacemos con Él. Es una relación que, como todas, tiene sus ritmos. Y puede resultar que nuestra existencia, en vez de ir para adelante y progresar, vaya para atrás y se hunda… como en Viernes Santo. Por lo mismo, cuando un matrimonio cumpla 50 años de matrimonio no hay que alegrarse por la meta cumplida o la capacidad de soportar las dificultades. La pregunta cristiana será: todos estos años, lo que han hecho, ¿lo han hecho juntos?

Cuidar la Iglesia

Hace tiempo que tenía ganas de escribir sobre la Iglesia institucional. Como nunca, las imágenes se agolpaban para escribir sobre su situación actual. La imagen de una anciana era la primera: luego de una bella juventud, esta mujer era escuchada por algunos nietos mientras los otros ya se peleaban la herencia. La segunda tenía que ver con el calentamiento global: igual que la polución, la Iglesia había dejado contaminar sus playas y campos sin tomar las cosas muy en serio. El resultado es que ahora, con sequias e inundaciones por doquier, ya nadie sabe qué hacer con el desastre ecológico. La tercera imagen para describirla venía de los mineros atrapados actualmente en el norte de Chile, con la diferencia que la sociedad actual va a dejar a los ‘mineros eclesiales’ atrapados a su suerte. Y así podría seguir con los ejemplos.

Cuando hay tiempo, entrego mis borradores a algún amigo para que me ayude con sus ideas. Si bien los comentarios son casi siempre de estilo o de frases que son incomprensibles, esta vez me pidieron no seguir zamarreando a una ya bien moreteada Iglesia. La petición –y es muy importante aclararlo- no era de ‘quedarme callado’, sino de ‘quedarme tranquilo’ y de no insistir en un tema que ya está más que claro.

Y haré caso……pero hasta por ahí no más.

Es cierto que confío en la conducción del Espíritu de Dios, en Cristo que cuidará de su Iglesia hasta el fin de la historia y en el Padre que invita a confiar en su acción. No pierdo la esperanza, tampoco, en el pueblo sencillo que expresará su fe aunque el Papa se haga musulmán como tampoco en el testimonio de muchos hombres y mujeres que entregan el pellejo en el servicio de su Creador y Señor. Ahí está el tesoro de la Iglesia. Sin embargo, creo imprescindible parar el cantinfleo eclesial tanto como los ataques al voleo de quienes ven en la Iglesia el último bastión de la barbarie. Ambos están igual de descalibrados en sus comentarios y es preciso decirlo… a riesgo de parecer el hermano que, en el colegio, se ‘agarra a combos’ casi irracionalmente por defender el honor de la hermana. Hay que ayudar a quienes sienten vergüenza de confesar su fe, pero hay que delatar también a quienes juegan con el precioso vocabulario que la Iglesia tiene para hablar de Dios.

En la fiesta de la Asunción de María al cielo, hay que encender un cirio y rezar para despabilarse de una vez por todas. Algunos han dado un paso al costado; otros están en silencio esperando que pase el aguacero. Yo pido a Dios Padre que su Iglesia ‘sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y paz para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando’,… y voy a ayudarlo a que eso no sea solo una oración.

Hágase el amor

Una espiritualidad cristiana es un lenguaje para decir, en el presente, lo que Dios dijo al comienzo de la creación y dirá al final de los tiempos: “hágase el amor”. Con la creatividad del enamorado que se las ingenia para trepar al balcón de la amada y así conocerla, una espiritualidad intenta expresar, en lo limitado del hoy, lo que no conoce límite y expande el corazón más allá de sus propias capacidades. Magnifica tensión entre quien busca al Amado durante la noche o al amanecer del tercer día y que, aun llevándolo a su cuarto, sabe que Él escapa siempre a su control [1].

En la Iglesia católica cohabitan muchas espiritualidades. Al modo de hijas que honran a su madre y han ensanchado sus caderas haciéndola un más bella, cada espiritualidad ha enriqueciendo lo que la Iglesia vivió la tarde de Pentecostés. Sin embargo, ellas no surgen de la nada. Cada espiritualidad ha sido hija, al menos, de dos padres. En primer lugar, el vocabulario amoroso es una herencia familiar. Del mismo modo que las caricias maternas preparan al futuro marido, una espiritualidad es deudora de caminos ya recorridos y de “te amo” ya dichos en el pasado. La tradición se presenta como el gran arsenal amatorio preparado durante siglos y que capacita, por ejemplo, a una adolescente de Nazareth para decir “aquí estoy”. Pero este lenguaje también nace de una sintonía fina con las tensiones actuales y las incipientes vibraciones del futuro próximo; por eso, al nacer, cada espiritualidad recreó y reinventó el amor. Fiel a la historia y abierta a un presente siempre en venir, cada una puso su confianza tanto en el padre que la lleva hasta el altar como en el nuevo hombre que allí la hará suya.

Sin embargo, y sin negar la belleza de cada una, no todas han guardado la lozanía de su juventud. Una espiritualidad es pertinente sólo si ayuda a tener una experiencia de Dios en el contexto que toca vivir día a día, es decir, si es lenguaje que facilita el encuentro del creyente con la fuerza gravitacional del amor de Dios. Ella no es ‘actual’ a fuerza de decirlo. Su capacidad de articular lo que, en principio, son puras ideas sueltas o presentimientos se descubre en medio de la pista, cuando es capaz de dejarse mirar por quienes buscan el amor físico y metafísico. En caso contrario, este lenguaje sirve muy bien para lucirse frente a los amigos, pero es incapaz de enamorar a la niña que alborota el barrio.

Los creyentes debemos encontrar o incluso inventar cómo tener hoy una sólida experiencia con el Amor, y esto convocando a quienes efectiva y seriamente ‘hacen el amor’ y no sólo hablan de él. Nuestra época demanda un esfuerzo amoroso similar o incluso mayor que los realizados antaño. Cuánto bien nos haría a algunos escuchar de un amigo: ¡¡atina gueon, te está mirando!!



[1] Cfr. Cantar 3,1-4; Juan 20, 11-17

Falta de rigor


Al momento de debatir ideas, lo que marca la diferencia entre el énfasis del charlatán y la justeza del intelectual es el rigor. Mientras al primero solo le basta mostrarse ingenioso y lleno de talento en el momento preciso, el segundo se esfuerza para que sus intuiciones tengan una musculatura resistente y se transformen en cortante concepto. Aunque a veces tienden a parecerse, existe una clara diferencia pulmonar entre ambos personajes; en otras palabras: no tienen la misma fuerza parar aguantar la respiración bajo las profundidades del conocimiento ni la disciplina para producirlo. Lo que para uno es simple iniciativa y entusiasmo, en el otro es método.


Hay épocas donde no es difícil distinguir, en medio del debate, la pose del primero y la altura del segundo. Se percibe con claridad al ‘simpático’ de rápida anécdota del obrero que transformó en miel todo el polen traído por quienes tienen incluso mejor olfato e intuición que él. Sin embargo, hay tiempos que exigen un salto cualitativo a nivel de las ideas pero, debido a la poca claridad reinante, esta distinción ya no es tan fácil de hacer. Así, y en el momento donde el rigor debería ser la norma, se nos confunde el futbolista con el ‘pichanguero’ que mete goles incluso curado, el profesor con el ‘animador’ que mantiene a sus alumnos entretenidos pero que evita las preguntas, o el político con el tipo ‘movido’ que entusiasma la gallada a fuerza de inauguraciones. El ‘buen verso’ oculta la ‘precisión de la idea’, pero desgraciadamente se viste de ella. Resultado: con toda la gravedad del mundo, pedimos en el restaurant un ‘chat à l’orange’ creyendo que es liebre con papas duquesas.


Es verdad que el tiempo para la reflexión seria y concienzuda es un bien escaso. Pero no podemos acostumbrarnos, por muy veloz que sean los cambios, a improvisar en temas de grandes dimensiones e incluso creer que los hemos resuelto porque nos hemos hecho una opinión de ellos. El debate sobre el royalty a la minería, los graves conflictos de interés en funcionarios del estado, la posible nueva ley de pesca, la situación institucional de la Iglesia, etc… no son sino ejemplos de esto último. Los tiempos está demandando una rigurosa audacia y nosotros insistimos enviando ‘al pulpo’ que tome las decisiones o pidiéndole a San Antonio que nos mande un novio… todos los domingos.

Recibid su alma y presentarla ante el Altísimo

"La mano que maneja la pluma vale tanto como la que conduce el arado".
Arthur Rimbaud; Una temporada en el infierno


Cada vez es más difícil discriminar qué leer. La selva de publicaciones es exuberante: libros se acumulan en el velador pidiendo minutos al momento de irse a acostar; páginas web con noticias de último minuto que jamás son las últimas; revistas con investigaciones que anulan los anteriores descubrimientos. La información es mucha, y cada vez resulta más complicado saber qué vale la pena leer y qué sería bueno desechar. Y porque nosotros estamos igual de perdidos respecto a lo que hay que leer, hemos preferido ayudar del siguiente modo: dejando de escribir. Es nuestra manera de colaborar con la descontaminación informática.

En todo caso, este silencio también tiene una razón teológica. Domingo a domingo hemos buscado sujetos y predicados que acompañen al Verbo de Dios. Libremente nos impusimos como tarea estirar las palabras al máximo en esta búsqueda, incluso forzando los conceptos para que den lo mejor de sí. Sin embargo, la tarea era desproporcionada frente a nuestros calambrientos empeños; aunque llenos de hollín, volvíamos de las profundidades del pirquén sólo con un puñado de carbón que compartir. Hemos sido vencidos por el espacio que dista entre una palabra y otra, el silencio que amenaza con el abismo a las notas musicales.

Pero el trabajo no ha sido en vano. Porque hemos conocido en carne propia la lucha nocturna de Jacob con el ángel, caemos rendidos ante el Misterio de Dios que lo inunda todo. Nos asusta menos el silencio y la soledad, los malos tratos o los cariños a destiempo; en el esfuerzo hemos sido vencidos por la insondable oscuridad del Dios que no hace distinción entre judíos y paganos, esclavos y libres, religiosos o laicos.

Ante el Misterio de Dios, tarde o temprano, terminaremos todos en silencio. Quizás por eso la muerte, Silencio total, será el definitivo encuentro con la multicolor presencia de Dios. Allí, sin más que decir, escucharemos por fin al Señor que ha pronunciado la primera Palabra y también dirá la última, aquella que ha comenzado cualquier diálogo y la que dará sentido a toda la conversación. Allí nos encontraremos con el Buen Samaritano: el que nos ha traído hasta esta posada y volverá, al fin de los tiempos, a cancelar todos los gastos que hemos hecho.

Los invitamos, entonces, al responso de este blog.

Mario

Lenguaje subtitulado


Al salir de la iglesia, y de la manera menos directa que pude, le pregunté qué le había parecido la prédica. Luego de varios años, la Jime parecía interesada en retomar su vida de fe y, como mucha gente, lo hacía yendo a misa.

Aunque quedamos en distintos lugares dentro de la iglesia, me las arreglé para no perderla de vista. Con uno ojo en el cura y otro sobre ella, me pasé la misa mirando cómo, a veces, repetía las oraciones junto a todos y, en otras, cómo permanecía en silencio; cómo fruncía el ceño o cantaba casi sin mover los labios.

“Mmmm... bien”, me respondió sin mucho ánimo mientras saludábamos a algunos conocidos míos al salir. “¿Y los cantos?. ¿Y la gente? ¿Y...?” No hubo caso. Cada intento recibía una frase desganada. Pero al final, cuando ya nos íbamos, me dijo: “Sabes... entendí poco de lo que dijo el cura. Me hizo bien, pero...”

Cuando la Jime decía no haber entendido, ¿se refería a una incapacidad de escuchar las palabras o desconocer el idioma que hablaba el cura? Creo que pocas palabras eran nuevas y la mayoría forman parte de su vida diaria. Su problema, entonces, ¿se situaba a nivel dogmático o en lo extraño de algunas afirmaciones? Tampoco parecía ser éste el inconveniente; por no entender el lenguaje, mucho menos podía hacer un juicio sobre el contenido de lo ahí dicho. El punto era que, si bien reconocía cada palabra usada, no captaba qué se estaba queriendo decir con ellas, cuál era el uso que ahí se les daba.

Jesús se esfuerza por explicar, aunque sea con peras y manzanas, el significado de las parábolas. Quiere que nadie tarde en amar esa Hermosura tan antigua y tan nueva*.

¿Necesitará nuestro lenguaje religioso, subtítulos?

Mario

* Nota del Editor: cita a San Agustín.

Monólogo


¿Por qué celebrar a San Pablo y San Pedro el mismo día? Si ambos son pilares de la naciente iglesia y, por separado, capaz de justificar una celebración propia, ¿no será mucho festejarlos el mismo día? Porque si viniera The Rolling Stone y U2 a tocar, ¿quién los pondría en un mismo concierto?

Frente a este aparente despropósito, la pedagogía litúrgica entrega una respuesta. Ya que los domingos anteriores hemos escuchado a Jesús buscando pastores y luego enviándolos a cuidar sin miedo el rebaño del Padre, ahora se nos presenta a los dos más grandes pastores: Pedro, pastor de la primera comunidad cristiana, y Pablo, pastor de los gentiles*. Aunque en contextos distintos, ambos reciben la invitación del Resucitado y viven, en carne propia, las consecuencias de cuidar de sus hermanos: porque el buen pastor da la vida por sus ovejas, uno termina crucificado y el otro degollado.

Otra posibilidad está en la complementariedad de ambos. Mientras Pedro es signo de la unidad de la Iglesia, Pablo lo es de la diversidad. Lo que el Espíritu Santo regala a toda la Iglesia en Pentecostés, se ve reflejado en la preciosa tensión que generan ambos pastores: una misma fe, un mismo bautismo, un mismo pan, pero diversidad de lenguas para expresar la pluriformidad del misterio cristiano.

Sin embargo, resulta más iluminador imaginar lo que uno debió aprender del otro. Porque, ¿qué habría pasado si el primer Papa, preocupado por la unidad, hubiese llamado a Pablo poco institucional o desafectado del cuerpo de la Iglesia por fundar por cuenta propia comunidades cristianas entre los no judíos? En vez de esto, Pedro mostró una plasticidad enorme e incluso comió con los gentiles. Al mismo tiempo que el Papa descubría en Pablo al primer hombre de la parábola de los talentos, éste se sentía auspiciado en sus esfuerzos por anunciar a tiempo y destiempo la belleza de Dios.

Y por el otro lado, ¿qué habría pasado si Pablo, en su empeño por llegar al límite, hubiese acusado a Pedro de apollerado y demasiado conservador en sus opiniones? Pero, en vez de esto, partió junto a una comitiva para preguntarle al Papa si se podía bautizar a los gentiles sin tener que circuncidarlos. Al igual que Juan ante el sepulcro vacío, prefería que Pedro llegase primero y dirimiese esta discusión vital para la futura predicación del evangelio. Al verlo, Pablo aprendió del pescador que descubrió el llamado de Dios a tropezones y que, por eso, es más tolerante con los débiles o tienen un tranco lento.

Nuestra Iglesia debe ser lo menos parecida a un monólogo. Sin ir más lejos, ¿cómo comprendió Jesús su mesianismo?

Mario

* Nota del Editor:
los judíos llamaban "gentiles" a todos los no judíos

Dios no es menso


El domingo pasado el evangelio de Mateo nos recordaba el llamado de los doce apóstoles. Luego de mirar a la gente desorientada, Jesús hacía un ‘llamado público’ a todos los interesados en labores pastoriles y los enviaba con la fuerza de su Espíritu a cuidar el rebaño del Padre. Para variar sólo llegaron los pobres, cojos y forasteros. El joven rico estaba en un discernimiento y no podía interrumpir su proceso; los letrados desistieron porque las rabias eran muchas y la paga poca; y la mayoría, justo ese día, descubrió su alergia a la lana.

Es interesante, sin embargo, lo que continúa a este llamado. Tras la convocatoria, Jesús previene a sus discípulos sobre el peligro que los asechará y les repite que ‘no tengan miedo’. Tiene muy claro que su llamado no es fácil, que la vida está hecha de claroscuros y, a veces, nuestra existencia es un subterráneo que almacena cosas que verán la luz sólo el último día. Conoce a la perfección nuestro lado B e inseguridades que carcomen como eficientes termitas.

Pero esto, en vez de desilusionarlo o hacerle perder la paciencia, lo mueve a llevarnos al descampado, a vivir en la intemperie donde sólo se puede confiar en su promesa. Se produce algo muy extraño: Dios, en vez de sacarnos del trajín del mundo, nos introduce bautismalmente en él. Pareciera que sólo en medio de la realidad se prueba de qué estamos hechos; ella desnuda nuestras reales motivaciones y el alcance de nuestros sueños. Porque Jesús descubrió su filiación divina en la refriega y los empujones de la realidad y la oración, nosotros también descubriremos así nuestra estructura crística.

La intimidad de la pieza/comunidad/Iglesia no basta para probar si le creemos a Dios o no. Como niños pequeños en su primer día de jardín infantil, sabremos cuánto calzamos cuando se nos amplíe el mundo y tengamos que compartir con niños tan o más complicados que uno.

Dios no es menso y sabe dónde nos envía. A la vez que dice ‘no tengas miedo’, espera escuchar de nosotros ‘aquí estoy, Señor, aunque sienta que el agua me llega al cuello’.

Mario

¿Faltan curas?


Para muchos, los curas están en peligro de extinción. Pareciera que la jungla postmoderna no está hecha para este tipo de vida. Su habitat ha sido destruido, y al igual que los pandas, no tienen ya dónde ir. Han intentado reproducirlos en cautiverio, pero no hay caso: su número baja todos los días y los que aun sobreviven tienen avanzada edad.

Efectivamente los sacerdotes han disminuido en los últimos años. Eso es grave para la vida sacramental de la Iglesia. No cabe duda. Pero esto no significa, necesariamente, que falten curas. Es cierto que en muchos lugares corren todo el día para celebrar misas y acompañar enfermos; las necesidades se agolpan a su puerta y casi no tienen tiempo para descansar. Sin embargo, en otros lados viven amontonados y se pelean a los mismos feligreses. El problema, por ahora, no pareciera ser la extinción.

Lo que sí parece escasear –como narra el evangelio del próximo domingo– son pastores que cuiden del rebaño y anuncien la abismante cercanía del Reino de Dios. Ante la orfandad de su pueblo, Él requiere voluntarios para guiar al rebaño por cañadas oscuras y señalar pastos donde descansar. El único y eterno sacerdote prefiere ser llamado buen Pastor porque esa es la invitación que más le gusta hacer.

Gracias a Dios, Él mismo suscita, en medio de la necesidad, madres jefas de hogar y papás abnegados, políticos con deseos de servir al bien común, camioneros generosos y excelentes estudiantes. Justo en medio del caos y los lobos, el Espíritu se encarga de ‘capacitar’ nuevos pastores en medio de su Iglesia, el gobierno, la oposición, el servicio público y privado. Son poquitos y pobres… pero aperrados. Es cierto: apenas suman 12 personas. Pero son generosos con Dios y cuentan con el Espíritu Santo auspiciador.

Por eso, niñas, cuando escuchen que “la cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos”, no se cansen tomando más fuerte la mano de sus novios. Afortunadamente, ellos han aprendido a defenderse de la prédica/arenga que, de manera burda o sutil, invita al sacerdocio como quien pide valor al príncipe indígena que será arrojado al volcán. Pero si el mismo novio no se estremece al ver que sus hermanos vagan como ‘ovejas sin pastor’, no duden en abandonarlo apenas puedan. Porque si la calle no le estremece las entrañas y le invita a ‘dar gratis lo que gratis a recibido’, ese joven no sirve ni siquiera de acólito… y mucho menos como padre de familia.

Mario

Pecadores y peladores


En el tiempo de Jesús ya existía el pelambre. Es que hablar a espalda de los demás –y no de frente– es un deporte tan antiguo como universal. Por eso los fariseos, en continuidad con la serpiente del Génesis, prefieren cuchichear con los discípulos en vez de preguntarle directamente a Jesús la razón de su cercanía con pecadores y publicanos.

Pareciera incrustado en nuestros genes el hábito de preguntar haciéndonos los desentendidos o comentar, a la pasada, lo gorda y mal teñida que está la vecina. Si bien el tono es de preocupación, el deseo de saber y estar informados no se traduce en una conversación con el involucrado. Como nos asusta confrontar y decir lo que pensamos de frente, preferimos manifestar las aprehensiones en voz baja con cualquier otra personas y sin que el marido se entere*. Y cuando las circunstancias nos obligan a hacerlo, terminamos cantinfleando o vomitando lo que hace tiempo habíamos pensado.

Este modo indirecto de relación –que nos transforma en conocedores de cuanto enredo existe y opinólogos de todo el barrio– también enturbia nuestro diálogo con Dios. Lo que conversamos en la calle o con nosotros mismos al apoyar la cabeza sobre la almohada no es motivo de conversación cara a cara con Dios. Aunque no le mentimos, tendemos a omitir nuestras envidias, inseguridades afectivas, subidas de peso y pulsiones sexuales cuando estamos delante de Él. La firme simplemente no aparece. Hemos olvidado que tomar el fruto prohibido o cubrir la desnudez no fue el problema más grave en Adán y Eva, sino pensar que con Dios no se podía hablar de frente y contarle lo que realmente había pasado.

Por eso el modo frontal de Jesús incomoda: siempre pregunta qué estamos hablando sin doblez y a la cara. Sin embargo, no lo hace para ridiculizarnos o ponernos sádicamente en jaque. Aunque nos sintamos desenmascarados o como pillados en una maldad, su confrontación busca re-educar ese modo paradisíaco perdido: siempre de frente al Padre y los hermanos. Alegrémonos, entonces, que no sólo cene con publicamos; viene a buscar a todos los peladores que sueltos en la viña del Señor andamos pellizcando su uva y vivimos como bandidos. Su ‘sígueme’ es para todos.

Mario

* Nota del Editor
: ésta es una alusión a las reglas de discernimiento de San Ignacio de Loyola.

Llover sobre mojado


Escuchar el evangelio de este domingo y no imaginarse los temporales del Sur será signo de estar simplemente calentando el asiento en misa o haberle puesto ‘mute’ al cura mientras leía la Palabra de Dios. Las casas que se llevaba el río, personas mojadas hasta el alma y puentes que, con uñas y dientes, sujetan ambas orillas, son imágenes que deberían brotar por sí mismas cuando oigamos la parábola de Jesús a sus discípulos.

Sin embargo, habrá que tener mucho cuidado al conectar una cosa con la otra. No faltará quien interprete esto como señales del malestar de un dios que perdió la paciencia y no encontró nada mejor que hacer un ‘remake’ del Diluvio –erupción volcánica en el sur, inundaciones en el centro…. ¡faltaría un tsunami en el norte para completar! –. Como la gente no va a misa, aprueba el uso de la píldora del día después y quema la Virgen de la Catedral, Dios recordó que no hay que tomarle el codo y tenemos que portarnos bien. Sólo así nuestra casa estará construida sobre la roca y aguantará la corriente.

Afortunadamente esta lectura apocalíptica de los hechos, aunque tiene adeptos, cada vez es menos peligrosa. Incluso un niño pequeño sabe del calentamiento global o del fenómeno de la niña y, por eso, no necesita culpar a Dios de las embarradas que están dejando sus padres en el planeta. Pero hay otro tipo de lectura que también tiene sus seguidores: aquellos que, creyéndose más misericordiosos, simplemente rezan por los damnificados y dan gracias a Dios porque la mayoría de la gente está sana y salva en albergues. Consternados ven cómo el río se lleva la casa de los más pobres, pero sin preguntarse por qué estaban construidas sobre arena o dónde llegaron a parar. Mientras en el primer caso se culpa a Dios, en el segundo se acude a Él como consuelo frente a lo sucedido.

Según mi opinión, en ambos casos es preferible ignorar a Dios. Si la fe se trasforma en seguro de vida frente a un Dios picota o simplemente en contacto que lo valida en Su facebook, mejor ser ateo.

Será el mismo evangelista quien, antes de narrar la parábola, sitúe la experiencia de fe en su real contexto: no todo el que diga ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos. A su juicio, no coinciden necesariamente ‘hacer cosas en nombre de Dios’ que ‘hacer la voluntad de Dios’*.
¿Hay que actuar? Ciertamente. Porque si ésta no brota de la íntima conversación con Dios y la búsqueda de Su voluntad, podremos deslomarnos haciendo cosas pero no necesariamente responder al querer de Dios hoy. Frente a los vaivenes y temporales de nuestro siglo, se necesitan comunidades que disciernan y no simples custodios de excelentes respuestas. ¿Hay que rezar entonces? Por supuesto... ¡y mucho! Pero la fe que brota del diálogo con el Padre se verifica en la justicia y praxis de Jesús. En caso contrario, el creyente se convierte en futbolista que se persigna antes de entrar a la cancha para ganar los partidos, en taxista que tienen a Dios como copiloto, o estudiante que pide la intervención divina frente a la prueba que deben dar. Y ante quienes pretenden transformar la religión en un fetiche, Dios responde: ‘No los conozco. Al único que conozco es a mi Hijo Jesús’.

Jesús es la Piedra que desecharon los arquitectos, la Roca que cimienta el Templo del cual somos piedras vivas. Sobre Él y con Él hay que construir de una vez por todas nuestras vidas. Dios y nuestros hermanos están cansados que les llueva sobre mojado.

Mario

* Nota del Editor: Cfr. "Creerle a Dios", comentario de Mario en TLD 24 de Junio de 2007

Sobra el pan, pero...


Si nos paramos frente a un carrusel y mantenemos la mirada fija, veremos aparecer el mismo caballo cada cierto tiempo. Con la Biblia sucede algo parecido. Cuando avanzamos por los textos, hay ciertos signos que vuelven insistentemente, imágenes que visitan al creyente en su encuentro con el texto sagrado. Un ejemplo de ellos es el pan.

Cuando el pueblo de Israel estaba en el desierto y hambriento alega contra Moisés, cae pan desde el cielo. En otro lugar de la Biblia, el profeta Eliseo convence a una viuda para que le entregue el último pan que posee; en vez de morir ambos, no se les acaba más la harina y el aceite que en esos días escaseaba. Luego el profeta Elías, que cansado y desorientado se recuesta a dormir, despierta con un trozo de pan que lo anima a seguir caminando. Esta lógica escasez/abundancia se repetirá más tarde en la multiplicación de los panes y será encarnada por Jesús en la última cena. Por eso los primeros cristianos se reunían para la fracción del pan: comer del mismo pan y beber de la misma copa los hacía miembros del Cuerpo de Cristo y los constituía como comunidad.

Aunque esta lógica recorre la Biblia, parece que estamos ‘atrapados’ en una situación que nos impide, como Iglesia, repartir el pan así. Por un lado, nos ha costado, como creyentes, internalizar la necesaria coherencia entre la vida cotidiana y la participación en la misa. Dicho en fácil, sería lo siguiente: si mi Padre me alimenta con su pan, ¿por qué me resulta normal que mis hermanos pasen hambre o frío? Recordemos que el Continente de la Esperanza se destaca por su flagrante injusticia y que el Padre Hurtado se hizo famoso por algo que debería darnos vergüenza: hay mucho pan pero mal distribuido.

Y por otro lado, sucede que muchos creyentes que van a misa no pueden comer del pan que ahí se reparte. Descontando los que voluntariamente hacen dieta y los anoréxicos, muchos no pueden comer el Pan de la Vida por llevar, sin otra posibilidad, una vida que los mantiene fuera de la plena comunión eclesial. Padecen hambre por no tener ‘en regla los papeles’. Así, cada vez son menos los que pueden comulgar y más las hostias que se guardan en el sagrario.

Dios, el Panadero por excelencia, desea hacer de nosotros un gran pan. Estamos llamados a volvernos harina, ser amasados por la vida, cocernos a fuego lento y salir hechos Pan de Vida. Alimentar es nuestra vocación.

La fiesta de este domingo será, por decirlo de algún modo, incómoda. Tanto pan ¡y tan mal repartido!

Mario

Pd: son varios los que buscan soluciones. Unos compañeros jesuitas en Arica han inventado, con sus comunidades, un gesto que haga sentir en comunión a quienes no pueden comulgar. Si pueden entrar a www.jesuitasenlafrontera.blogspot.com y comentar este gesto, sería de gran ayuda. Además de darles ánimo, ayudará a ver si conviene o no hacer este gesto en otros lados.

De pie frente al Misterio


Aunque los primeros cristianos tuvieron varias dificultades, hubo una que los obligó a devanarse los sesos: cómo afirmar, al mismo tiempo, el monoteísmo y la divinidad de Jesús y del Espíritu Santo. Si incluso el judío más ignorante sabía que Dios hay uno solo, ¿por qué ahora los cristianos están diciendo que son tres? Los seguidores de Jesús no sólo hablaban coloquialmente del Innombrable, sino que se referían a Él trinitariamente. Se producía un problema doctrinal de proporciones que requería de “todas las manos todas”.

Es interesante ver cómo la comunidad cristiana recurrió a toda clase de conceptos para traducir en palabras e ideas esta nueva certeza. Echaron mano de todo lo que permitiera ‘decir lo indecible’; los conceptos griegos fueron forzados al máximo de sus capacidades. Pero este esfuerzo no tenía como objetivo ‘convencer a nuevos creyentes’. Nada podrá explicar que Dios sea Uno y Tres a la vez. Lo que buscaban, a tientas, era dar algunas pistas que permitieran al creyente estar de frente a Dios que se revelaba trinitariamente. Las ideas y conceptos ayudaban a profundizar en la experiencia que el creyente debía tener de modo directo con el Misterio de Dios. Como las rueditas chicas en la bicicleta, estas palabras querían guiar el encuentro que cada cristiano tenía de modo inmediato con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Para los primeros cristianos, entonces, que Dios sea Trino no era problema a resolver sino un Misterio a contemplar. A diferencia de una razón instrumental que utiliza las ideas como simples flechas para señalar un punto y así explicarlo, se recurría a una razón contemplativa que se adentra en un lugar sin conocer el fondo, donde las coordenadas se pierden y no se sabe hasta dónde se puede llegar. Lo importante no era explicar, sino poner ‘a la criatura con su Creador’, enfrentarse al Misterio como el explorador que extasiado se adentra en la oscura caverna.

Este modo de entender las cosas no es extraño para el peatón común y corriente. ¿Por qué el padre que carga el ataúd del hijo siente un peso que no se puede medir en kilos? ¿Qué le pasa al hombre que recuerda sus operaciones al cerebro y no deja de emocionarse por aquella tranquilidad que lo invadió? Sólo quien haya experimentado esa sobrecogedora experiencia del Misterio que todo lo penetra entenderá al campesino sureño que ha quedado con las raíces al aire y no puede explicar por qué extraña a sus bueyes. “No temo a las cenizas, sino a no verlos nunca más”, decía Don Ernesto Muñoz ante lo atónita mirada del citadino periodista. ¡Y para qué decir los bailes religiosos! Mientras el niño estudioso los tilda de ‘supersticiosos’, el contemplativo descubre cómo el baile permite al nortino explorar rincones del alma aun vírgenes, produciendo en su cuerpo un ritmo que arrulla como la madre al hijo o la respiración al coqueto escote.

Si la inteligencia desnuda, la intuición seduce. Si el problema desafía, el Misterio inunda. Los modos de aproximación son totalmente distintos, produciendo maneras diversas de entender la realidad. Para estar ante el Misterio, el modo de aproximación es la insinuación que traspasa corrosivamente, prefiriéndose la ambigüedad del tango que la evidencia del reggaeton.

En la próxima fiesta de la Santísima Trinidad, dejémonos envolver por el Misterio. Es más entretenido participar de la ronda que siempre ha hecho el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en torno nuestro que explicarnos por qué esto es así.


Mario

A río revuelto, ganancia de pescadores


Estos domingos posteriores a la Pascua hemos escuchado con insistencia, a través del Evangelio de Juan, sobre la intimidad de Jesús con el Padre. Al igual que algunos padres comparten su cama con los hijos más regalones el domingo por la mañana, Jesús invita a sus amigos a participar del calor y gozo que produce la relación con su Papá.

Sin embargo, estos domingos también hemos escuchado una reiterada promesa por parte de Jesús. ‘Me voy pero les enviaré...’ ha sido su estribillo los últimos 50 días, provocando una hermosa ansiedad en toda la Iglesia. La comunión amorosa entre el Hijo y el Padre –que recibe el nombre de Espíritu Santo– ha sido prometida a la comunidad creyente que ahora, ansiosa, aguarda Su pronta venida como los escolares al recreo.

Cómo la comunidad creyente experimentó esta irrupción del Amor la encontramos narrada en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Porque recordaba al carro que llevó a Elías hacia el cielo o el ardor que tenían los discípulos de Emaús en el pecho, no se encontró mejor imagen que el fuego para describir cómo los apollerados apóstoles se convirtieron en valientes predicadores. De manera violenta y multiforme, el fuego acababa con el silencio y no cesa de provocar encendidas palabras en Pedro.

Pero lo que más sorprende del relato –a mi juicio– es el desordenado-orden que el mismo Espíritu provoca en los presentes. Aunque todo parece patas para arriba y son acusados de buenos para tomar, los discípulos son capaces de ver, en medio del griterío, al Espíritu palpitando en medio del desorden, de descubrir como lugar de misión lo que hasta hace dos minutos era motivo de miedo. Salen de su encierro y cuestionamientos para no callarse más.

Esta sabiduría que permite entender en medio del desorden se parece mucho al conocimiento que el taxista posee en la calle, el ladrón que sabe elegir a su víctima entre la multitud o la mujer que escucha el precio más barato en el caos de la feria. Mientras algunos temen perderse en la calle, llevan su cartera apretada por miedo o prefieren el orden del supermercado, ellos se mueven como peces en el agua…porque saben cómo hacerlo. Esta habilidad, ciertamente, no es fruto de la excesiva lectura del niño estudioso ni de su lógica, sino de la porosidad del creyente frente a lo que el Espíritu mismo manifiesta. De los labios brinca un “obvio… acaso no lo ves?” que proviene del olfato agudo y del oído creyente, y no de la milésima teoría que, aunque explica, no da fruto.

La fiesta de Pentecostés está hecha para tiempos agitados. Cuando el río está revuelto, son los más pillos los que pescan. Resulta que gracias al Espíritu Santo, fueron los pescadores de Galilea los que llenaron sus redes. A pedir, entonces, que descienda sobre nosotros ese mismo fuego de Amor que movilizó a la primera Iglesia y que hemos recibido en el Bautismo. Que el Hijo nos regale –porque se la pedimos en serio– esa capacidad de ver bajo el agua fruto de largas horas de oración, lectura del diario y viajes en micro. Así podremos decir, junto a Telliard de Chardin, que para quien es capaz de ver, nada es profano.


Mario

Muchas gracias

En el tiempo de Jesús la lepra era signo de maldición divina. Algo debió hacer la persona –o incluso sus padres y abuelos– para que Dios permita este castigo. Por eso la lepra, además de causar un dolor físico evidente, producía dolor religioso y comunitario. Para no contagiarse de la enfermedad ni de la impureza, la comunidad los obligaba a vivir a las afueras del pueblo y sin posibilidad de participar de las oraciones comunitarias.

Lo que hace Jesús con los diez leprosos, entonces, no sólo implica salud física sino también reintegración social –de ahí se entiende que los envíe al templo a hacer pública su sanación–. Esto lo saben muy bien los nueve leprosos que corrieron hasta el templo a dar gracias a Dios por lo sucedido; saben que Él ha levantado el castigo que pesaba sobre ellos y, por ende, debió perdonar los pecados que producían esta enfermedad. Pero el samaritano no sólo percibe la involución del proceso ‘pedagógico divino’, sino la cercanía abismante de Dios. Es cierto: todos recuperaron la salud y pueden volver a sus casas. Han sido re-creados. Pero sólo uno ha recuperado concientemente lo que desde el Génesis busca todo ser humano: estar cara a cara con su Creador.

Por eso este domingo, que será el último en el cual escriba, quisiera comentar el regreso del samaritano y lo ‘bien educado’ que es con Jesús. Igual que Nahamán en el libro de Reyes, este hombre no sólo ha recuperado la salud sino ha reconocido la fuente de la gracia. Esta capacidad de agradecimiento, sin embargo, no es para que Dios se sienta bien –como la mamá que se pica cuando no le dicen que quedó rica la comida que preparó durante toda la mañana– sino que esta acción de gracias nos ayuda a entender, desde ya, cómo será nuestra vida junto a Dios. ‘Dar las gracias’ es el modo que tenemos de aprender que todo lo hemos recibido, que somos hechos a imagen y semejanza de Dios y que, por eso, nuestra estructura fundamental es crística. Como el Hijo que recibe todo de su Padre y lo devuelve en una acción de gracias eterna, se revelará nuestra filiación divina cuando digamos ‘muchas gracias’.

Esto es lo que aprende el samaritano. Jesús, que es el Reino presente, le adelanta la lógica que viviremos en el cielo: vida eterna, fin de la exclusión social y cercanía con Dios. Entró, sin saberlo, a la lógica del amor.

Los más porfiados de corazón y que necesitamos más hervor, nos encontraremos con lo siguiente. A la entrada del cielo, habrá dos grandes filas esperando entrar. En una de ellas, Pedro y sus secuaces estarán requisando las cosas que impiden moverse con rapidez y agilidad: celulares, tarjetas de crédito, Ipods, Palms, autos, computadores... Esta fila será rápida pues, ante la Gran Puerta, será evidente qué es medio y qué fin. Y aunque no faltará el que ‘represente’, todos se soltarán de sus cosas y, al fin, se sentirán libres.

Sin embargo, la otra fila será lenta. Ahí, María y sus amigas nos darán la verdadera y única catequesis. Nos explicarán que, para entrar al cielo y entender qué lógica se vive allí, primero nos debemos pedir perdón y dar las gracias por tanto bien recibido. Será condición celeste tener un corazón expandido a sus máximas dimensiones. Por eso, y como de harapos, estas mujeres nos despojarán de toda tranca que dosifique el cariño. Quedaremos por fin desnudos y sin vergüenzas… como Dios nos echó al mundo.

Cuando entremos, todo será una eterna acción de gracias. El salmo 150 lo aprenderemos de memoria de tanto oírlo cantar. Los otros nueve leprosos estarán ahí preguntando a los discípulos de Emaús cómo supieron ‘partir corriendo’ en la dirección correcta. De pronto, todo será diáfano; por fin podremos mirar las cosas tal cual son, y no como en un espejo. Sin juguetes y desnudos, nuestra historia será nítida por más turbio que haya sido nuestro día a día. Pero no será un borrón y cuenta nueva. En ningún caso. Pasando la Puerta, lo haremos con las marcas que la vida dejó en nuestro cuerpo. La muerte no borrará ninguna herida y ningún gozo. Mientras los estigmas nos recordarán eternamente lo que hemos sufrido y lo que jamás debemos hacer con los demás, también estarán las ‘patas de gallo’ que en nuestros ojos nos recuerden las tardes de risa en la playa o revivan las cosquillas en la cama paterna.

En la espera de este momento, y junto a todos los extranjeros que no saben que saben, no me queda más que dar las gracias.

Mario

¿Somos o no somos amigos?


Frente a una petición tan fundamental –Señor, aumentamos la fe– , la respuesta de Jesús a sus discípulos es abrumadora. En vez de decir: Bueno, ya!, parte con un ejemplo que deja agotado al más piadoso de los creyentes. De entre la multitud, dan ganas de gritarle: ¿Por qué haces más difícil algo que ya lo es? Sólo te pido fe para afrontar cosas que, sin ella, sería aún más difícil vivir…¡y me sales con frases que me llenan de culpa!. Te pido fe porque ya no tengo fuerzas para creer que esa mujer que duerme conmigo es ‘mi señora’; cada vez es mayor es esfuerzo para terminar con plata el mes o la energía para mantenerme en pie cuando veo a mis papás envejeciendo y enfermos. Si te pido fe es para no caerme al suelo. Sólo eso. No te pido creer en el misterio Trinitario o en el concilio de Calcedonia, sino ánimo para seguir confiando en mis compañeros o aguantar al jefe. Porque si tuviera la fe de un granito de mostaza… ¡no te estaría pidiendo esta gracia, Señor!

En ese momento, súbitamente me sentiré aun más desnudo y necesitado de Dios. Y cuando mis gritos me delaten y Dios pueda identificarme en medio de la gran masa en la que estoy escondido, se abrirá de par en par el cielo y una voz dirá: No tengas miedo. Yo soy el grano de mostaza que crece en lo oculto y que dará sombra a su debido tiempo. Ahí no habrá llanto ni lágrima, sino el trinar de los pájaros que hacen nido. Porque si leyeras el texto hasta al final, hijo, sabrías que aunque un empleado sólo puede decir: ‘sólo cumplía con mi labor’, esas palabras no deben salir de tu boca porque no te llamo siervo, sino amigo. Y, aunque sé que estás lleno de pega, te envío a que cuentes esto a los que más puedas.

Mario

No hay peor ciego…


Los textos bíblicos, como un caleidoscopio, muestran matices según uno los mueve o a la luz que tengamos alrededor. Quien cierre un ojo y gire lentamente los textos, verá que un leve movimiento hace que este rústico telescopio transforme sencillos papelitos en un vitral infinito, universo de colores múltiples. Hay que hacer campaña, entonces, contra quien predique este domingo, como cualquier otro, en blanco y negro.

Primer giro. El texto lucano nos habla de un mendigo –llamado Lázaro y que los ángeles llevan hasta al cielo– y un hombre rico –que no tiene nombre, simplemente se muere y que se va al infierno por indolente–. Hasta aquí, el texto suena a reprimenda para quienes vivimos ‘a cuerpo de rey’ despreocupados de la suerte de los más pobres. Como quien es pillado en una mentira, varios terminaremos con la mirada gacha este domingo en misa y con un alto porcentaje a pasar sed en el más allá.

Segundo giro. Si le damos una vuelta más al texto, vemos que Lázaro es recibido en el cielo por Abraham. ¿Por qué él y no Dios mismo? Para el Antiguo Testamento, Abraham es el paradigma del creyente. Por su fe, Dios ha reunido al pueblo de Israel y hecho alianza con él. Y todo judío se siente miembro, por eso, del Pueblo de Dios y beneficiario de su promesa. De ahí que los oyentes de la parábola –judíos en su mayoría– sientan como ‘patá en la guata’ que el ‘padre de la patria’ les pegue la desconocida. Igual que el exalumno que encuentra obvio que el hijo debe ser aceptado en su colegio “porque él estudió hace muchos años ahí”, los oyentes judíos se llevan una buena sorpresa: ser ‘hijo de Abraham’ no garantiza nada. Lo que marcará la diferencia será la práctica de la justicia y no otra cosa.

Tercer giro. ¿Será casualidad que el pobre se llame Lázaro? Aunque Lucas no hace referencia al hermano de Marta y María –esto sólo aparece en el evangelio de Juan– , es mucha casualidad que una de las peticiones del rico sea que Lázaro ‘se les aparezca’ a los parientes y que, para más remate, Abraham responda que ni un muerto les cambiará el corazón. Es la misma escena, pero con otra escenografía, de la resurrección de Lázaro narrada por Juan. Allí los fariseos, aun cuando vieron un muerto aparecerse, no creyeron. Ni ver caminado a un muerto les cambió su modo de actuar.

Pareciera, entonces, que la intención del texto no es la simple moralización de los oyentes o para ‘meter miedo’ a los glotones que no convidan su colación en el recreo. El texto es más bien una invitación a la conversión, a creer en Aquel muerto que se mostró vivo para siempre: Jesucristo, porque sólo Él acaba con la distancia insalvable que existe entre unos y otros.

El problema: Jesús se nos ha aparecido muchas veces, y ni aun así creemos que la vida se resuelve en el cara a cara con mi hermano. El Señor se aparece hasta en la sopa, pero aun así no pasa nada. Entonces, una de dos: o creemos o a tomar agua…que la sed después será mucha.

Mario

¿Dónde quedó la moneda?

A Rodrigo García, de quien escuché lo que aquí escribo.

Mientras algunos sólo repetimos lo ya sabido, hay personas que descubren conexiones siempre nuevas en los textos bíblicos. Porque creen en la Palabra ahí plasmada, reconocen el diálogo que subterráneamente tienen las imágenes y conceptos, ese lenguaje secreto que requiere de una especial caricia de la mirada para entregarse en plenitud. Como en Emaús, una explicación libera las palabras de la opaca tinta para bañar la realidad entera de una particular belleza y ritmo.

Cuando el texto lucano narra la historia de estos dos hermanos y su padre, queda en evidencia el camino de conversión que realiza el menor de ellos. Luego de gastar parte de la fortuna familiar en tierras extrañas, el hijo menor regresa a los brazos de su padre. Se fue, ha vuelto y ha sido encontrado. Sin embargo, el texto no narra el mismo final para el hermano mayor. Mientras el más chico está sentado a la cabecera de la mesa, la parábola termina sin aclarar si el hermano mayor entra o no a la fiesta. Pareciera que Lucas castigara al primogénito por injusto y envidioso dejándolo abandonado a la entrada de la casa porque, aun estando dentro de ella, ha vivido como un extranjero.

Sin embargo, este relato familiar es precedido de otras dos parábolas: la oveja perdida y la moneda extraviada. La oveja, aunque posee todo lo que tiene, prefiere otros pastos y se pierde en una tierra extraña. Al encontrarla, el pastor la carga en sus brazos y hace fiesta: la ha recuperado sana y salva. A su vez, la otra parábola cuenta cómo una moneda se extravió… dentro de la casa. Con las mismas ganas del pastor, la dueña de casa la busca hasta encontrarla, haciendo fiesta con sus amigas y vecinas. Hay fiesta por la oveja y la moneda. Ambas han sido encontradas.

¿No estará sumergido aquí el final de la anterior parábola? Si enfrentamos los tres relatos -colocando piel de oveja al hijo menor, y una bolsita con monedas al mayor- vemos que ambos hermanos serán encontrados por su padre. Que el mayor, perdido dentro de su casa, también entrará a la fiesta.

Dios no va a estar tranquilo hasta que estemos todos sentados a su mesa. Aunque vivimos como simples mercenarios que quieren su dinero, Él no dejará de repetirnos que tenemos un mismo Padre y que, en el Hijo, somos todos hermanos. Da lo mismo dónde estemos perdidos. Si estamos en las profundidades del abismo o en el séptimo cielo, su Espíritu llegará para ponernos un anillo en el dedo y sandalias en los pies.


Mario