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Toda una vida


A veces separamos la Navidad del resto de nuestras vidas. La vemos como un paréntesis en medio del ajetreo del fin de año. A veces separamos el Nacimiento de Jesús del resto de su vida. Lo vemos como un milagro, como algo “hermoso” que poco y nada tiene que ver con su mensaje, muerte y resurrección. Pero en realidad, desde la Encarnación hasta la pasión hay un solo movimiento de Dios, es casi una obsesión por asumir cada vez más lo humano. San Ignacio de Loyola, lo expresa muy bien en el libro de los Ejercicios Espirituales, María y José sufrieron bastante para que Jesús pudiera nacer, y todo este esfuerzo para que finalmente muera en la cruz. La Salvación es un regalo, pero que viene desde abajo. Jesús asume todas nuestras dificultades, todos nuestros dolores, todas nuestras muertes, para entregarnos su vida plena. Una vida que encuentra su sentido en compartirla con los marginados.

Andres

El cachito


(Escribiré breve, porque mis partners esta vez se alargaron). Vivimos constantemente esquivando los cachitos, más todavía en esta época del año, cuando todo va terminando y no tenemos tiempo para nada. Aunque todo y nada sean palabras relativas. Si suena el celular y no reconocemos el número, no contestamos porque puede ser un cachito (“si es importante volverá a llamar”, nos autoconvencemos, para después no contestar porque estamos justo manejando o pagando en la caja los regalos). No pienso levantar la vista del computador durante todo el día en la oficina para evitar que alguien me pida un favor. “Mejor no invito a salir de nuevo a esa mujer que acabo de saber que es separada y con hijos” (eso serían dos cachitos). Ni loco digo que tengo un poco de tiempo libre, no sea que alguien me enchufe un cachito. Ojalá que nada nos saque de la rutina, aunque tampoco nos guste esa rutina.

¿Cómo será despertar de un sueño y tener que hacerse cargo de un cachito mayúsculo? “Pero si ese hijo no es mío”, podría haber dicho –con toda justicia– José. Algo podemos aprender de él, que ha sido siempre olvidado. ¿Y si resulta que ese cachito al final nos cambia la vida, pero para mejor? ¿Y si en la sonrisa de un niño (aunque no sea el nuestro) el Señor salva? ¿No será que al hacernos cargo del otro se hace presente Dios-con-nosotros?

Andrés

Palabras más, palabras menos


Gran profeta es Juan, pero el más triste de los hombres. Cuando creyó que todo lo que había anunciado se cumplía –lo que, por definición, nunca le sucede a un profeta–, llegó a pensar que se había equivocado. Encerrado en la cárcel de Herodes, escucha la predicación de Jesús y duda. ¿Habré gastado mi vida en vano? ¿Mi predicación fue inútil? ¿Será este Jesús realmente el cordero de Dios que indiqué (Jn. 1, 29)? ¿Es posible que el Dios al que le dediqué mis energías sea distinto del que imaginé? Por eso envía a sus discípulos a preguntar: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”.

Y la respuesta es clara. Ahí donde Juan dice conviértanse, Jesús explica los ciegos ven. Ahí donde Juan vocifera raza de víboras, Jesús anuncia los leprosos quedan limpios. Ahí donde Juan grita no se hagan ilusiones, Jesús corrige por los sordos oyen. Ahí donde Juan exclama ya toca el hacha la base de los árboles, Jesús muestra que los muertos resucitan. Ahí donde Juan advierte él quemará la paja, Jesús nos dice yo anuncio a los pobres el Evangelio… ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!

La perla del desierto le achuntó al ‘quién’ –Jesús sí era el que había de venir–, por eso fue “el más grande de todos los hombres”. Pero no acertó en el ‘qué’, así “el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él”. Anunciar el Evangelio no se puede reducir a la conversión personal o creer que basta con ser buenas personas. La palabra profética no se agota en la moral. El que ocupa toda su vida en asustar y condenar empequeñece la Buena Noticia. Ante aquellos que exclaman enderecen los caminos, Cristo nos dice hay que virar izquierda. Es cierto “está cerca el Reino de los Cielos” (Mt. 3, 1), pero no en el más allá. Si queremos imitar a Jesús, que el enfermo sea bien tratado en el hospital, que el habitante de campamento tenga casa, que el separado se sientan acogido en la Iglesia, y que no haya quien no tenga de comer.


Andrés

Nota del Editor
: siguiendo en la línea musical, éste es el título de una canción del grupo “Los Rodriguez” (del cual Andrés Calamaro -que brindó un extraordinario concierto el domingo pasado- fue el líder).

Honestidad brutal


Hay que sacarle todo el romanticismo barato al Evangelio, todo lo que huela a piedad dulzona, almibarada. Jesús no era rubiecito de ojos azules, ni hablaba con voz de falsete predicando que la vida se hace más fácil si uno cree en Dios. Su primo Juan era un loco –casi– de atar, vestido con piel de camello en pleno desierto el hedor se habrá sentido desde lejos, alimentándose de saltamontes tiene que haber estado en los huesos, y se atrevió a gritar a todo pulmón, a aquellos que creían que tenían su puesto asegurado en el pueblo elegido, “raza de víboras”.

Tiene que haber sido un verdadero espectáculo ver a este tipo. Algo así como algunos personajes públicos en que uno está esperando ver ‘con qué van a salir ahora’. Parecido a los políticos populistas que aparecen en portada cada vez que se mandan una frase para el bronce. Pero con una gran gran diferencia. Mientras los primeros buscan votos o rating, y para eso no paran de adular a su público o de hacer promesas de felicidad eterna, Juan es claro en su mensaje, él no se anuncia a sí mismo, y nos exige la conversión. Algo de cordura había en sus palabras, que tanta gente partió hacia el desierto a bautizarse. Y los primeros en llegar tienen que haber sido los que necesitaban confesar sus pecados, los que no se creían buenos, justos y salvos.

Cuando nos aburguesamos espiritualmente, cuando creemos que merecemos la salvación (como fariseos y saduceos) nos hacemos un Dios a nuestra medida, a nuestra propia imagen y semejanza, que no nos exige nada. Cuando perdemos la urgencia dejamos de dar buen fruto, ya no somos buena noticia para nadie. Que bien nos haría mirar nuestra vida con los ojos –y la radicalidad– de Juan.

Andrés

* Nota del Editor: el título corresponde a un disco de Andrés Calamaro (se ve que los autores de este blog están yendo demasiado a recitales).

Me verás volver


Recuerdo que cuando era niño para cada cumpleaños, para cada santo, para cada Navidad, el regalo de mi abuela era un sobre con una tarjeta escrita y dinero adentro (era el regalo que más me gustaba, porque significaba que yo podía elegir lo que haría con esa plata). Como para los demás primos el regalo era siempre el mismo, todos lo conocíamos como el “sobrecito de la abueli” y lo esperábamos religiosamente, tanto que al final la apuesta era respecto de cuánto vendría adentro. ¡Qué contradicción! Nos acostumbramos al regalo cuando, precisamente, no hay nada más gratuito, nada menos obligado.

Creo que a todos nos pasa, terminamos exigiendo los regalos, los experimentamos con lo debido, estamos esperando que la gente nos salude para el santo (y nos sentimos si no lo hacen), en el fondo nos duele si la polola no nos ha preparado un regalo que implique dedicación para el cumpleaños. La gratuidad se nos hace lo más común y corriente, nos habituamos al don de la vida, demandamos la salud. En cambio, ciertas cosas obvias, como la muerte, el dolor y la enfermedad sí nos toman por sorpresa. No hay nada más normal que la muerte –¡todos vamos para allá!– y, sin embargo, siempre (aun en los casos de vejez o de largos padecimientos) nos toma como desprevenidos.

Supongo que por esa razón Jesús, cuando nos habla de su vuelta, pone ejemplos negativos. No para asustarnos, sino para recordarnos que todo en Dios es pura gratuidad. Quiere decirnos que Él es la Sorpresa –así con mayúscula–. Cuando comienza el tiempo de Adviento (que es la preparación a la Navidad) uno tiende pensar ‘qué lindo’, ‘qué amoroso’, pero la liturgia nos dice otra cosa: el nacimiento de Jesús no es tierno, nace en una cueva obscura, y probablemente malolientente, destinada a los animales. Los pastores no son pintorescos, en realidad en su tiempo eran mal vistos porque se les acusaba de impuros por su trato con las ovejas: la venida del Hijo de Dios nos viene a remecer. Si ésta no cambia nuestros criterios, nada lo hará. No creamos que se trata de una segunda parte más cuando lo escuchemos decir me verás volver. La salvación viene desde donde no la esperamos.

Andrés

El capitán de su calle

Porque sabía que la verdad desnuda
guarda oculta detrás de la corteza
el hueso de cereza de la duda
”.

Aunque no nos guste, Jesús, le encuentra la quinta pata al gato, le saca peras al olmo, y nos enseña, una y otra vez, que las gallinas mean. El próximo domingo corresponde al fin del ciclo litúrgico (empezaremos uno nuevo en el Adviento), y la Iglesia cierra el año celebrando la “Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo”. Pero, curioso Rey tenemos para tan pomposo título, pues se muestra como tal en medio del dolor.

Esto es crucial en nuestra fe, ya que el Dios cristiano no está en un Partenón, alejado e indiferente a nuestros sufrimientos. Si Dios no está en medio del dolor... del dolor de la madre cuya hija se suicidó después que su bebé muriera de ‘muerte súbita’; del dolor del delincuente común, encarcelado en ‘Santiago 1’, del dolor de la mujer que ha sufrido una violación; del dolor del sacerdote, que lo busca en medio del dolor ajeno y no lo encuentra –que es un dolor redundante–; del dolor de Manuela, profesional exitosa, y a decir de todos, gran persona, pero que todavía no encuentra alguien que la quiera como se merece. Si Dios no está en medio del dolor, del dolor de la humanidad entera, de cualquier dolor, de nuestro dolor, no es Dios. No al menos no uno que valga la pena. Pero, ¿qué hace frente a tanto padecimiento? A veces pareciera que nada. Está atrapado en su cruz, con los brazos abiertos, pero inmóviles y los pies enraizados al madero. Está atrapado en esa cruz, que no es sólo suya. He ahí nuestra esperanza.

Sin embargo, Cristo, no solamente se hace solidario de aquellos que sufren, sino que –al morir como malhechor– invierte el orden establecido. Él nos obliga a cambiar el foco de la mirada: el Mesías no salva como todos lo esperaban, la vida se revela en la muerte, el delincuente nos está diciendo que es la sociedad la que funciona mal. En tiempos en que pareciera que lo que atrae votos es “la agenda corta anti-delincuencia”, y las voces gritan cada vez más fuerte “mano dura”, “cárcel”, “mayor contingente policial”, tal vez nos deberíamos preguntar en qué nos hemos equivocado como país antes de aumentar las condenas. Bienaventurados sean los que en el delincuente ven al Hijo de Dios, porque ellos compartirán con Jesús ¡hoy! en su Reino.

Andrés

* Nota del Editor: el título (y la cita) corresponden a la canción del mismo nombre de Joaquín Sabina.

Lo políticamente incorrecto


Hay que asumirlo. La vida de Jesús, su predicación, y sobre todo su muerte tienen algo de políticamente incorrecto. ¡Dónde se ha visto que un Dios muera desnudo en una cruz! Escándalo para judíos, locura para griegos (1 Cor. 1, 23). Motivo de risa para el Imperio. Incomprensible, en muchos aspectos, para el hombre y la mujer actual. Digo esto porque el Templo era, para los judíos, el centro no sólo de su vida religiosa, sino también sociopolítica, predicar que “no quedará piedra sobre piedra” es como anunciar el fin del modelo neoliberal: ligeramente ridículo, demasiado subversivo (un poquito demás, dirán muchos).

Además, en esto de predecir el futuro, Jesús no era demasiado bueno. Ciertamente que la `polla gol´ no la hubiera ganado. Aquí van algunos ejemplos: cuando llama a los apóstoles (Mc. 3, 17-19), o creía de verdad que Judas podía ser un fiel discípulo suyo o lo eligió por un instinto suicida; Cuando habló de su resurrección (Lc. 18, 33), o no le achuntó o tiene problemas con las matemáticas, porque el domingo no es el tercer día después del viernes; Y la vez que quiere irse a descansar a un lugar despoblado, ¡lo estaba esperando una gran multitud! (Mc. 6, 31-34).

En otras sí le acertó: el Templo de Jerusalén, en efecto, fue destruido el año 70; Repetidas veces avisa que lo van a matar hasta que finalmente lo crucifican; Pero en lo que más razón tiene es cuando anuncia “muchos vendrán usurpando mi nombre”. La historia está llena de hombres que dicen servir a Jesús y no hacen más que manipular a la gente para conseguir dinero, prestigio, autoridad. ¿Cómo saber, entonces, quiénes realmente actúan en su nombre y quiénes no? Jesús mismo es piedra de tope para todo aquel que se autodesigne apóstol suyo. Si la vida de Cristo es la renuncia a todo poder, hay que ser muy cara dura para proclamarse como su servidor cuando lo que se busca es dominación. Cualquiera que condene a otros en nombre de Jesús, usurpa su nombre.

Andrés

De vivos


¿Cómo creer en un Dios vivo si los que se consideran sus representantes hablan sólo de muerte? Triste fe es la fe de los Saduceos. La pregunta que proponen es capciosa, a ellos no les interesa saber del cielo, sino poner una trampa a Jesús para demostrar que no existe la resurrección. Su preocupación está puesta en el más acá, pero es una realidad sin horizonte, sin esperanza… por lo mismo es una fe vacía, y la muerte sólo puede engendrar muerte. Los saduceos se opondrán a todo lo que signifique vida plena, tanto así que la razón última de la conspiración para matar a Jesús es la resurrección de Lázaro (Jn. 11, 46-53). En una religión de muerte no se permite la vida. Si no anunciamos la Vida –la Buena Noticia– no crean en nosotros.

Pero, no se trata, tampoco, de escaparle a esta vida. Jesús no habla de un Dios de la vida, sino de un “Dios de vivos”. Lo que Él predica no son conceptos o ideas vagas, no busca que aprendamos una lección o un montón de reglas para ganarnos un futuro eterno. Es tal la fe que tiene en que Dios es un Dios de vivos, que eso se traduce en jugarse su vida entera. Por eso mientras los saduceos tratan de asegurar sus vidas, Él es capaz de entregarla.

Todo aquel que siga su ejemplo, todo hombre que dé vida, nos muestra al Señor. Y estos hombres y mujeres son muchos. Por lo cual, me retracto de la columna anterior: hay demasiada gente a la que no ‘le queda grande la horma de este zapato’, porque Dios es Dios de vivos y no de muertos. Es el Dios de Ghandi, el Dios de Martin Luther King, el Dios del Cardenal Silva Henríquez, pero también el Dios de los anónimos dueños de Pymes que pagan lo justo, el Dios de las abnegadas monjas que viven en la poblaciones, el Dios de los obreros que se levantan a las 5 de la mañana a trabajar para llevar comida a sus hijos, el Dios de esos choferes de Transantiago, que a pesar de todos los reclamos, saludan a sus pasajeros con un ‘buenos días’, el Dios de los voluntarios que semana a semana comparten su tiempo con aquellos que lo necesitan, el Dios de esas dirigentes de Campamentos que dejan los pies en la calle juntando el dinero para sus casas, el Dios de… (continúe usted, estimado lector, esta oración).



Andrés

No hay primera sin segunda


El evangelio de este domingo es complemento del anterior. Pareciera que Jesús nos quiere decir que está bien pedir perdón (como el publicano de la semana pasada), pero que es mejor poner en obra el arrepentimiento. Esta vez no se trata de una parábola, sino del jefe mismo de los publicanos, que devuelve con creces lo que ha conseguido malamente. Si el domingo pasado aquel que se reconocía pecador se iba “justificado ante Dios”, la situación de Zaqueo es mayor, pues la “salvación ha llegado a su casa”. ¿Qué es lo que hace pasar de la conversión afectiva a la conversión efectiva a Zaqueo?

Todos tuvimos un compañero en el colegio apodado ‘chico’, ‘pitufo’, ‘chongo’, ‘pulga’… y, curiosamente, en la mayoría de ellos su personalidad era inversamente proporcional a su tamaño. Enfrentar al mundo desde abajo los obligaba a crecer en temperamento. Supongo que la necesidad de ser espectadores de primera fila (pues desde más atrás los demás les impedían ver) les enseñó a arreglárselas para ir tras su objetivo. Pero, volviendo a lo nuestro, lo que quería el ‘chico Zaqueo’, no era cualquier cosa, sino “ver quién era Jesús”. ¡Qué bien nos haría intentar encontrarnos con Él, en vez de estar preocupados por criticar –con o sin razón– a la Iglesia! Si a cambio de decir ellos no me dejan ver a Jesús nos subiéramos a una “Higuera”, posiblemente que hace rato lo habríamos “recibido con alegría”.

Pero quizás no lo hacemos porque tenemos miedo de perder parte de lo que ya tenemos seguro, y sobre todo porque no nos gustaría devolver aquellas cosas que, injustamente, hemos conseguido de otros. ¿Seremos, los estudiantes, capaces de decir devolveré esta nota por haber copiado?; ¿Seremos, los empleados, capaces de decir trabajaré horas extras por las veces que he sacado la vuelta?; ¿Seremos, los empresarios, capaces de decir voy a pagar el sueldo ético?; ¿Seremos, los papás y mamás, capaces de decir estaré más con mis hijos?; ¿Seremos, los políticos, capaces de decir no re-postularemos a nuestros cargos si no logramos mejorar la educación? ¿Seremos, los profesionales, capaces de decir pediremos salarios menores con tal que exista una distribución más equitativa de la riqueza?... ¿o será que la horma de este zapato nos queda demasiado grande?

Andrés

Por no ser


Como habrán notado, Mario dejó esta columna (por lo que el Editor me pidió que acompañe a Ignacio en Todos los Domingos hasta diciembre). No espero igualar su pluma, pero sí, como dijo él al comenzar este blog, “buscarle al verbo nuevos sujetos y predicados”, así que vamos a lo que vinimos. Nos preguntaremos quiénes son los sujetos a encontrar en los templos modernos (los malls, los estadios, los pubs … que a las iglesias los que van son pocos), ¿quiénes fariseos? y ¿quiénes publicanos?

Según el informe de Desarrollo Humano del año 2000, un 31% de los chilenos afirma ser discriminado por su lugar de residencia. ¡Un tercio de nuestros compatriotas se siente mirado en menos! Y no estamos hablando solo de los que viven en la Legua o en los campamentos, sino de los que estudian en colegios con número, los que pronuncian la ceashe, los que residen en viviendas del subsidio habitacional, porque a todos ellos los encontramos en los mismos barrios. A modo de ejemplo, Santiago es tan discriminador que solo 302 pobres (de los 824.472 que hay en la región metropolitana)*
viven en la comuna más rica. Tendemos a mirar por encima del hombro a todos aquellos que se encuentran en inferior situación económica.

Pero esto parece más bien lucha de clases contra los ricos opresores que otra cosa. ¿De eso trata el evangelio? En nuestra imaginación colectiva nos pintamos al fariseo como el rico y al publicano como pobre, cuando la realidad es distinta. Los fariseos son la clase media de su tiempo (su orgullo está puesto en ser cumplidores de la ley de Moisés, y no en otra cosa), en cambio, los publicanos son justamente los que tienen dinero, ya que ellos eran los recaudadores de impuestos. El fariseo se jacta, ante Dios, de no ser como el publicano (que ha conseguido riqueza ilícitamente, podemos adivinar), en cambio, el rico acá es quien reconoce su pecado.

Es perfecto fariseo, entonces, el que discrimina a los cuicos por no ser escurridos, a los que no viven la sexualidad como él por ser inmorales (o retrógrados, que aunque es la contraria a la anterior, también es discriminación), a los políticos por no ser eficientes como ONG, a la jerarquía de la Iglesia por no ser moderna, a los que trabajan en la empresa privada por no estar preocupado del país…

El problema, pareciera, está en compararse con otros. ¿No será que todos alguna vez hemos dicho ‘gracias, Señor, por no ser como ese fariseo, que se cree mejor persona que los demás?’. Tal vez sea el tiempo de dejar de mirar para el lado, y de reconocer, cada uno, sus propias yayitas, que después de eso –seguro– nos perdonarán.


Andrés

* Nota del Editor: según la CASEN 2003.

Fu y Fa

Para los que no somos ni fu ni fa, para los que creemos a duras penas, para los que somos ‘lentos y tardos’ al comprender, para los que somos hijos de la duda y estamos atravesados por la sospecha, para los que rezamos por si acaso (mientras leemos el horóscopo), pero sobre todo, para los que desconfiamos incluso de nuestras creencias, las lecturas, que venimos escuchando hace varios domingos, parecieran darnos un palo más a nuestra lastimada fe. Como que Jesús viniera a certificar nuestra acta de defunción definitiva en vez de entregarnos una buena noticia.

Afortunadamente, “cuando venga el Hijo del hombre” la pregunta sobre la fe que anticipa Jesús, pareciera que será –a lo más– una pregunta retórica, pues las palabras que tendrá para nosotros pueden ser “vengan benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me acogieron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel, y vinieron a verme” (Mt. 25, 34-36), entonces nosotros, todavía sin entender, le responderemos, ¿cuándo te dimos de comer y de beber, cuándo de recibimos o te fuimos a visitar, y cuándo te vestimos, si somos hombres y mujeres de poca fe? Y Él nos dirá “lo que hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicieron”.

Pero, ¿y si se levantan muchos de los hermanos más pequeños que no fueron escuchados en sus oraciones y le reclaman “¿cuándo saciaste nuestra sed? ¿cuándo nos diste una casa digna? ¿cuándo un sueldo ético?” seremos capaces de reconocer, avergonzados, que no fue el Padre el sordo, sino nosotros?


Andrés