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Debut y despedida

Como es la primera y la última vez que escribo un comentario en Todos los Domingos, me puedo dar algunas licencias. Normalmente nos inspiramos en el evangelio del domingo próximo, yo comentaré el anterior. Primero y último, de eso se trata.

El Evangelio de ayer es fuerte, en pocos pasajes vemos la humanidad de Jesús tan sorprendentemente como en éste. El maestro bueno desprecia, en un primer momento, a la mujer cananea (pues considera que su misión es solo "para las ovejas perdidas de Israel"), pero después, gracias a la insistencia de ella, lo reconsidera y sana a su hija. ¿No había sufrido él también prejuicios por el lugar donde nació? Cuando se presentó como profeta la gente comentaba: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” (Jn. 1, 45). Esta madre le recordó que él eligió ponerse del lado de los despreciados de la historia, no por sus méritos, sino por ser precisamente despreciados. No podemos olvidar que los preferidos de Dios son los marginados, los excluidos, los diferentes, los discapacitados, los que no tienen acceso a este blog. Primeros y últimos, de eso se trata.

Jesús se encarnó para decirnos que la salvación no viene del lado que nosotros creíamos, no llega desde el poder, no parte desde los puros e intachables, no chorrea desde los prestigiosos, no proviene desde los que escriben bien. Los primeros salvados no son los que tienen grandes ideales o se la juegan por superar la injusticia. Su predicación golpeó a la rígida sociedad donde vivió, porque quiso mostrarles que los salvados no son los que todos alaban. Si nos fijamos bien en los evangelios, su lenguaje no es almibarado, sino directo y punzante. Él le dijo al pan pan y al vino vino, aún cuando era lo políticamente incorrecto, él criticó a los de su tiempo por ser insensatos y necios, y echó a los comerciantes de la casa de Dios, para que pudieran entrar los pobres (aunque ellos construyeron nuevos templos). Primeros y últimos, de eso se trata.

En estos días de lluvia, mientras unos van de compras buscando la parka de moda, otros pasan frío… ¿y Jesús? Él pasó frío, nació en una cueva desnudo, y desnudo murió en una cruz. Pero, si se identifica con los excluidos es porque los acepta a todos. Al estar con los que se retrasan no deja de lado a los primeros. Ahora que están en el centro de nuestras miradas las carreras de velocidad, debemos reconocer que él felicitaría al último que atraviesa la meta... si el que llegó primero se va, se pierde la celebración. El que ríe último hace que la risa esté completa, el que ríe último hace que riamos todos juntos, en eso consiste el Reino de Dios, en que nadie quede fuera de la fiesta. Primeros y últimos, de eso se trata.

Que los primeros que lleguen al cielo –que son los últimos de este mundo– rueguen por nosotros, que nos creemos buenos. Primeros y últimos, de eso en realidad no se trata, sino de cómo él busca incluirnos a todos.

Ignacio Corcuera

Sabios y entendidos


Desde que nacimos estamos aprendiendo. Aprendimos a hablar, a caminar, a sentarnos bien en la mesa, a ser caballeros o señoritas, a mirar antes de cruzar la calle, a no hablar con desconocidos. Aprendimos a no salirnos de los esquemas, a no desubicarnos. Aprendimos que para aprender tenemos que ser metódicos, y que para tener éxito hay que seguir el camino correcto.

Nos llenamos de técnicas para enfrentar la vida con certeza y sobre todo para no olvidar lo que hemos aprendido. Sabemos que para que nos vaya bien tenemos que estudiar. Que para caer bien tenemos que mirar sonrientes y ser simpáticos. Que para ser aprobados tenemos que hacer lo que hacen los demás, y que antes de hacer algo tenemos que pensarlo dos veces. Buscamos la forma de no embarrarla. Incluso sabemos que para aprender tenemos que equivocarnos. Y mientras más aprendemos, tenemos más certezas.

Poco a poco nos vamos armando. Ya aprendimos lo suficiente, ya estamos creciditos. Ahora tiene más mérito afrontar las cosas solos. No necesitamos que nos expliquen. Conocemos la estructura, y creemos que mientras más sepamos, seremos independientes, autosuficientes y no necesitaremos de los demás. Solo así obtendremos la libertad que tanto anhelamos. Ganamos merito mostrando ese saber afrontar la vida sin los otros. Nos transformamos en sabios y entendidos, porque hemos aprendido a valer por nosotros mismos.

Y se nos olvida lo fundamental. Se nos olvida lo que nos dijo quien más sabía. Se nos olvida que no hay más certeza que el total misterio. Que nuestras certezas nos cierran al otro, nos arman, nos estructuran. Se nos olvida que él se revela a los sencillos. Que llenándonos de saberes no encontramos el camino. Que el camino se forja con otros, no con técnicas y formas, ni con la tan valorada autosuficiencia. El camino se forja con cariño y entrega. Con el reconocer el agobio de tanta certeza y entregarse a la incertidumbre de no poder determinarnos solos, y necesitar de otros para caminar.

Paloma Del Villar T.


El poder del galileo


En la Iglesia jugueteamos con el poder, de alguna manera siempre lo hemos hecho. Y ya que está constituida con una cabeza, siempre le toca más de cerca al Papa, ¿acaso podemos olvidarnos de los tiempos de Constantino y su “imperio católico”? ¿De alguna manera podemos borrar los años de los Papas “reyes” que poblaron la Edad Media? No podemos dejar de recordar a un Gregorio VII o un Bonifacio VIII con sus ganas de gobernar no sólo a la Iglesia sino a todos los reinos europeos. Y aunque quisiéramos, no podríamos dejar atrás los símbolos reales de Pío IX o incluso del bueno de Juan XXIII. Si la piedra en que se funda la Iglesia tiene que habérselas con el poder de su cargo, ¿estará el Papa de turno con una eterna lucha interna y externa con el poder? O bien, ¿estaremos los católicos condenados a manejarnos con el poder? Lamentablemente (para algunos), siguiendo la actuación de Jesús, debemos aceptar un ineludible “sí”.

En el Evangelio de este Domingo Jesús le entrega el poder a un simple y dubitativo pescador galileo. Y este poder no es cualquier cosa, es para el cielo y para la tierra, nada menos que las llaves del reino y la facultad de hacer cosas que tienen consecuencias en el cielo. ¿Qué le habrá visto Jesús a este hombre?, algo tiene que haber detrás de lo meramente evidente para que le otorgue tamaño poder y responsabilidad. Precisamente pienso que la clave de este Evangelio y de la autoridad del Papa no está en lo que podemos oír, ver o palpar con los sentidos comunes. En último término el punto no está en las cualidades del Papa, en que éste sea cercano, juvenil, comunicador y aquel sea intelectual, parco o muy inteligente. La autoridad le llega por medio de Jesús, que ve en Pedro alguien que se deja guiar por el Espíritu Santo, alguien que a pesar de sus dudas e impulsos se atreve a afirmar que Jesús es “el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. La solidez de la piedra es finalmente la seguridad del Espíritu. Ante la Fuerza que encuentra Jesús en una persona particular se atreve a otorgarle Su poder. Ante esto, dicho en buen chileno, Pedro se debe haber “cagado de susto”, pero igual le echó pa` adelante porque confió en la única Piedra. Para los primeros cristianos, sean de Asia o de África, de un lugar lejano o cercano a Roma, el Obispo de esa ciudad por ser sucesor de Pedro era innegable que tenía ese poder, el que le seguía una y otra vez dando Jesús a los que se dejaban conducir. Los Papas tendrán que responder internamente a la pregunta que les sigue haciendo Jesús, a ver si se constituyen realmente como vehículos de la voz del Espíritu para sus hermanos.

Y todos nosotros deberemos hacer lo mismo, ¿estamos dispuestos a responderle la misma pregunta a Jesús sea cual sea la consecuencia? No se le vaya a ocurrir salir con algún encarguito como el que le hizo a Pedro. No vaya a querer que nos hagamos responsables de nuestro prójimo.

Juan Pablo Moyano SJ

A no tener miedo


Probablemente, el próximo domingo una vez más voy a estar en una iglesia, al momento de entrar tomaré ese papelito con las lecturas, lo leeré. Pensaré qué diría yo si me tocara hacer la prédica. Mientras, a mi alrededor muchos se golpean el pecho. Con miedo a que “el papito Dios” no nos vaya a perdonar, hay que golpearse.

Luego seguiré, mirando frente a mí a un cura que lee el Evangelio y posteriormente hace la prédica. Miro al lado y cabezas con movimiento de aprobación. Quizás incluso yo terminaré aceptando tranquilamente lo que me dicen. Aunque las más de las veces, mientras los que están cerca de mí están arrodillados yo, de pie, sigo pensando en ello. Arrodillémonos, que quizás… no, arrodillémonos porque así se hace y todos lo hacen nomás.

Bastante me ha costado entender –todavía no lo logro– por qué no hay posibilidad de réplica en muchas partes. Heme aquí con una posibilidad diferente, ya no como alguna vez, y todavía en algunos lugares, donde no es solo el sacerdote quien puede intentar explicar, darle sentido a lo que escuchamos. Sino, la comunidad, que es donde reside la potencia del mensaje cristiano.

Aprovechando la oportunidad, creo que lo que nos propone el evangelio con su “No tengan miedo” nos llama a poder terminar con las prácticas aparentemente obvias, que podemos encontrar carentes de sentido. A no tener miedo a proponer diferentes ideas, podemos tener una fe común pero no por eso debe estar desvinculada de un criterio de realidad que la tiene que hacer responsable de lo que ocurre, escuchar a la comunidad. No podemos quedarnos en el miedo y no hacer nada por lo que no nos parece, no escapemos de nuestra obligación como comunidad.

Y qué mejor para darnos cuenta de este impulso que se nos propone que la lectura de Pablo, donde se nos muestra el cambio de imagen del “papito Dios” que muchos todavía no quieren aceptar. Un Dios que destruye la reciprocidad (“no hay proporción entre el delito y el don”), que nos muestra que tenemos que atrevernos a ser hombres.

Creo que además de hacer humano a su hijo, Dios también deja de parecer un ser separado de la realidad, incluso en su rol de Padre. ¿Qué papá estaría contento si uno se golpeara, se arrodillara frente a él, no se atreviera a tocarlo con las manos (pidiendo que se lo entreguen en la boca), no pudiera decir lo que cree? No es un “papito” es Padre y con mayúscula porque uno se siente orgulloso de “ser su hijo”.

Probablemente este domingo entre, y ya tenga pensado qué es lo que diría en la prédica.

José Antonio Gutiérrez B.

Una fe adulta


Hay ciertas “espiritualidades” o formas de religiosidad, dentro de nuestra Iglesia Católica, que necesitan de un Dios mandón que impone reglas y que se enoja cuando no se cumplen. A la vista resalta que ésta parece ser más bien la relación de un padre con su hijo, pero más específicamente, la de un niño frente a su padre. Inevitable es que el fiel-niño no cumpla siempre las reglas y espere constantemente el castigo del padre-Dios, de donde vive constreñido por el eventual castigo. El padre y Dios aquí, es uno condicional, como aquel del antiguo testamento que se presenta en ocasiones: “si de veras escuchan mi voz y guardan mi alianza” (Éxodo 19, 2-6a). El resultado es un niño inseguro, pero en el caso del fiel es una persona atemorizada y por lo tanto menos libre. Llamarlas espiritualidades, bajo estas condiciones, es cuestionable: al final han cambiado el espíritu por las reglas.

El nuevo testamento, en cambio, está dirigido a otro tipo de religiosidad, la de aquellos que actúan conforme a principios y no sobre reglas y que por tanto tienen que discernir, “construir el reino” junto con Dios. Él no nos trata ni como niños ni nos impone puras reglas: “misericordia quiero y no sacrificios: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mateo 9, 9-13). Tampoco quiere a los virtuosos, no quiere más al monje que al laico, nos quiere a todos por igual sin condiciones y en ese sentido las lecturas de esta semana son demostrativas: “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Carta a los Romanos 5, 6-11). De aquí la alegría de ser hijos de Dios, la sensación de seguridad que nos da este Dios, que nos hace libres de verdad.

Un amigo religioso me dijo que dentro de la Iglesia debe haber cabida para todo tipo de espiritualidades, que existe gente que le digan qué tiene que hacer. Yo no creo eso, creo que mi amigo no lo cree tampoco y que fue su voto de obediencia al Papa lo que lo hizo actuar con tamaña diplomacia. Creo más bien que Dios nos trae un mensaje que nos debe, necesariamente, llevar a vivir una fe adulta, una fe de principios, de discernimiento, de dudas en el camino. Esa es la fe del nuevo testamento, un camino más largo y difícil por cierto, de otra forma, la venida de Jesús no se justificaría.


Pablo Carvacho T

Presumir de humildad

La otra vez, un amigo que trabaja en un conocido restaurant me comentaba que le impresionaba mucho como al cruzar la puerta del lugar, la gente “comenzaba a presumir”.

Según mi amigo, dicha puerta provocaba algo en quienes entraban a comer o tomar alguna cosa… los transformaba… los estupidizaba, y entonces, él podía ver como las personas presumían de riqueza, de privilegios, de inteligencia, del auto que habían estacionado afuera. Presumían incluso de la propina que dejaban por los servicios de mi amigo.

El papá presume de lo rubias de sus hijas, de lo estupenda de su señora, de lo alto de su cargo en la empresa… la mamá presume de lo lindo de su guagua, y de lo bueno que es su peluquero. Las niñitas presumen de sus botas y chaquetas nuevas, y los hijos del último celular y su viaje en el verano. Los universitarios presumen de lo poco que estudian, de cómo pasan los ramos con cuatro punto cero, de lo buena que estuvo la ultima fiesta.

Discutimos con mi amigo largo rato, reconociendo muchas de estas actitudes en nosotros, y llegamos a varias conclusiones. Que presumimos de demasiadas cosas. Que presumimos de cosas que más bien nos deberían dar vergüenza. Que no necesitamos ir al restaurant de moda para presumir de lo que tenemos.

Pero hubo preguntas que no pudimos contestarnos:

¿Por qué hoy, ninguno de nosotros presume de humildad? ¿Por qué cada vez son menos los que hacen de la sencillez una opción de vida? ¿Por qué los únicos humildes y sencillos son quienes no lo han elegido como opción, sino que quienes no han podido salir de los campamentos?


Isabel Contrucci

Los invitados a amar


Al darle una primera leída al Evangelio de este Domingo, me dio la impresión de que era un texto atemorizante y que estaba dirigido exclusivamente a los creyentes, una lectura en la que se nos echaba en cara nuestra inconsecuencia como tales. Sin embargo, meditando un poco más en la palabra, y consultando en lecturas anexas a ésta, me di cuenta que estaba en un gran error y que esta lectura es una gran Buena Nueva para toda la creación, sin excepciones.

El evangelio de este domingo es una invitación a amar: la voluntad del Padre de la cual se habla en el Evangelio consiste precisamente en ello; Amar. Sin embargo, este verbo, no hace alusión al cliché un poco gastado usado semanalmente en las teleseries de mediodía. Con éste, se hace una alusión directa al Verbo de Dios, Jesucristo y a Amar como él ha amado. Amar a la manera de Dios, amar a todos y a todo sin reservas, y a dedicar nuestra vida a aquello. Insisto; esta noticia no es exclusiva para religiosos ni gente de Iglesia: la invitación a amar “con toda tu alma, con toda tu fuerza y con toda tu mente” debiera ser la que guíe el camino de toda persona que aspire a ser feliz (aspiración no adscrita a cánones religiosos), ya que sólo a través del ejercicio del verdadero amor seremos felices y, por lo tanto, realizados en nuestra vida.


Creo que es el amor, la roca en la cual el hombre prudente del Evangelio de este Domingo edificó su casa. Este amor que como ya decía Nuestro querido Juan Pablo II “es más fuerte…”, más fuerte que los egoísmos, que el miedo, que la indiferencia. Un amor que no se limita a los que piensan o siente igual que yo, sino que alcanza para todos, un amor que se lleva a la práctica en la familia, en el trabajo, en la calle… dondequiera que vayamos. Éste amor en el que se fija la casa del hombre prudente es la brújula que señala el camino para que todo hombre, creyente o no, siga el camino que lo hará a ser feliz tanto en esta vida como en la otra.

Pilar Herrera

No sólo de pan vive el hombre


Estaba leyendo las lecturas del próximo domingo donde aparece en la primera lectura la siguiente frase: Él te afligió haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios, así que supuse que el famoso refrán que escuchaba desde niña tenía un origen bíblico lo que me causó en primer lugar asombro, y en segundo lugar debo decir que desconcentración, le di un nuevo sentido trascendental al “solo pan”.

Un buen amigo me comentaba que Dios no era un negociante, y que la fe no se trataba de un intercambio como el trueque, y qué cierto es, pese a que es muy complejo de entender. En ese sentido yo, como humana muchas veces he buscado desesperadamente de Dios el pan, la palabra perfecta, la lectura indicada, el milagro cotidiano, pero me he encontrado con la piedra, la frase dura y poco entendible, la dificultad viva. Es así como esta lectura me inspira a tratar de ser más receptiva a todo cuanto sale de la boca de nuestro Señor.

Y vaya qué difícil es, puesto que lo intuitivo es entender en la persona de Dios un ser toda ternura, misericordia y comprensión. Y vaya que uno patalea cuando pasa por el desierto inmenso terrible, y en el momento en que uno menos lo espera saca agua para ti de una roca de pedernal. Se trata del misterio más complejo y a la vez más bello. Nuestra fe nos exige cuestionar los principios de la lógica, y nos pide ser más espirituales y menos terrenales. En tiempos en que la sociedad nos demanda ser más eficientes, en que el tiempo es un bien escaso, no es menor pensar que las cosas más importantes son incorpóreas y están fuera del mercado. Recordar que el hambre no sólo se sacia con el pan, que para engrandecernos debemos volver a los principios y detenernos a reflexionar qué es lo que realmente buscamos y queremos.

El verdadero pan no viene de lo evidente, viene del regalo más revolucionario, el de un padre que nos dio a su hijo para traernos la vida eterna, no emergiendo de la superficie como un cultivo cualquiera, sino bajando directamente del cielo gratuitamente.

Gabriela Hilliger

Coraje

Siempre me he cuestionado acerca del amor de Dios, específicamente sobre cómo Dios nos ama.

Plantearse esta interrogante implica asumir el misterio de Dios. Por lo tanto, si creo en Dios, y en el amor de Él, debo tener el coraje de vivir con la duda de su misterio desde la fragilidad. A este coraje de sostener la duda Kierkegaard lo denomina fe.

Como soy católico porque Dios nos ama y he creído en el amor de Él, debo agradecer que una de las manifestaciones de su amor fue habernos enviado a su Hijo único al mundo, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna.

Su único Hijo, Jesús (figura que posee un carácter humano y divino), testimonio de un equilibrio admirable entre lo espiritual y lo social, que construyó iglesia desde la fe de la iglesia universal (especialmente desde la iglesia de los pobres), y que no vino al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. Este Jesús alimenta mi fe, o sea, posibilita el coraje para sostener la duda del misterio de Dios.

Fabián Gil

La Segunda Contemplación es del Nacimiento


El primer preámbulo es la historia: y será aquí, cómo desde Nazaret salieron Nuestra Señora grávida casi de nueve meses, como se puede meditar píamente asentada en una asna, y Jose, levando un buey para ir a Belén, a pagar el tributo que César echó en todas aquellas tierras.

El segundo preámbulo, composición, viendo el lugar: será aquí con la vista imaginativa ver el camino desde Nazaret a Belén, considerando la longura, la anchura, y si llano o si por valles o cuestas sea el tal camino; asimismo mirando el lugar o cueva del nacimiento, cuán grande, cuán pequeño, cuán bajo, cuán alto, y cómo estaba aparejado.

El primer punto es ver las personas, es a saber, ver a Nuestra Señora y a José y al niño Jesús, después de ser nascido, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia posible; y después reflectir en mí mismo para sacar algún provecho.

El segundo punto: mirar, advertir y contemplar lo que hablan; y reflictiendo en mí mismo, sacar algún provecho.

El tercer punto: mirar y considerar lo que hacen, así como es el caminar y trabajar, para que el Señor sea nascido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, y de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí; después reflictiendo, sacar algún provecho espiritual.

Ignacio de Loyola

Nota del Editor. Estos puntos para rezar con la imaginación y meditar corresponder a los números de los Ejercicios Espirituales 110-116, de San Ignacio (fundador de la Compañía de Jesús)

Mejor olvídate


¿Vamos de paseo? Sí!! Vamos a ayudar a los pobres!!!!

¡Ay! que pena la viejita, era pobre, pobre, pobre, y los niños, ¡ay! llenos de piojos, con los mocos colgando y las zapatillas rotas. Como que me dio un poquitito de asco, y pena, yo creo que el próximo año voy a ir de nuevo a construir mediaguas, así ayudo a otra familia. Ahhh mierda, pero eso significa que voy a tener que ir todos los años, porque o si no la conciencia “toc, toc” ahí molestando como el bzzz de una mosca que no te deja tranquila, y a mí igual me gustaría ser una buena persona. Pero es que, la firme, no soy taaaan constante, así que tiene que haber otra solución. ¿Por qué no escondemos a los pobres? Mejor opción, mandémoslos a vivir lejos de nuestras casitas bonitas, con alarma y todo. Y hagamos carreteras que nos hagan olvidar que existen, y pasemos bien rápido en nuestros autos echando polvo, y mejor subo los vidrios pa no ver al gentío apretujado en el transantiago, porque me caben fácil cuatro de ellos en el auto.

Chuta, pero hay otro problema a mi nana la tengo que ver todos los días… mejor no le hablo, así que no me cuente la enfermedad de su marido o que al hijo lo echaron del liceo.

Uff, ya me siento un poco más tranquila. Puta madre, tengo todo resuelto, y prendo la tele y aparece la Teletón… igual triste, hasta había un señor que trabajaba sin patitas. Cacha po! Y a mí hasta me da lata estudiar, y éste aperrando. Filo, me cansé de pensar, mejor no veo más tele, chao con los minusválidos.

Sigo carreteando, y paso por el Golf, y ¡sacrilegio! Lleno de putas. Ahh, no, me equivoqué, travestis… peor. Llamemos a los pacos, no los quiero ver, entre la ambigüedad de los travestis y la cochiná del adulterio, y qué decir de la homosexualidad… no, a la cárcel, porque “de algo tienen que comer”, pero yo no los quiero ver, porque me acuerdo que hay niñitas en algún país que termina con zjstán que se prostituyen desde los 12 años. Prefiero que se prostituyan en otro barrio.

Una amiga tiene depresión, y en verdá no sé que hacer y me distancio poco a poco de ella. Y mi tía se separó, así que mejor no la invitamos a la navidad familiar.

Varios problemas solucionados: pobres segregados, travestis exiliados, minusválidos olvidados, locura rechazada, familia ¿cuál familia? (si tampoco eran tan cercanos).

Estoy sola, y he olvidado a todos. Menos a los que se me parecen. A cada una de las personas que me rodea. Me rasco con mis propias uñas. Y vivo con miedo, porque no conozco a nadie, no quiero a nadie, y me escapé de la realidad. ¿Un poco exagerado? Tal vez, pero ¿no tendremos todos algo de esta caricatura?

La sociedad chilena actual, la que nosotros formamos y en la que participamos activamente (y a la cual le echamos la culpa de todos los males), nos presenta un mundo dividido: a modo de ghetos se han ido separando distintas realidades, y el sujeto tiene miedo y no sabe qué hacer con ellas, porque no las conoce, y así, poco a poco, las puede ir evadiendo para no hacerse responsable. Nos enfrentamos a una tragedia de las con mayúscula: un sujeto dividido, una humanidad que se desconoce. Si seguimos alejándonos de cada uno de nuestros hermanos por su diferencia, perdemos el sentido de responsabilidad, si no nos hacemos responsables por cada uno de quienes nos rodea, a nivel directo y también en el trabajo de las estructuras más amplias, no deja de existir el otro, sino que lo negamos.

Nos urge en el Adviento difundir la palabra de Dios y acoger a cada uno de nuestros hermanos, que son TODOS. Pero ¿cómo lo hacemos si no conocemos al otro?, ¿en que lenguaje te hablo si no conozco tu idioma?, ¿cómo te abrazo si no sé dónde encontrarte?, ¿cómo limpio una lágrima que no veo?

Francisca Guarda

Un misterio


En República Dominicana escuchaba a cada rato la expresión ‘Gracias a Dios’ o ‘Si Dios quiere’. Al llegar a Chile para mi recuperación, sin siquiera notarlo, digo muchas veces en el día “Gracias a Dios”, y no es solamente una expresión. Y me pregunto, ¿qué es Dios?... no sé, para mí... es un Misterio.

Cuando era pequeña, en el colegio San Vicente de Paul –donde me crié– las monjas para lograr mi buen comportamiento me decían: “Cristinita, pórtate bien que Dios está en todas partes”. Y así sin querer se formó en mí una imagen de Dios castigador.

Pasó el tiempo y nunca visité una iglesia. Hasta que un día, en Nicaragua, me emocioné al escuchar una especie de misa cantada del padre Ernesto Cardenal. La sencillez y el fervor de la gente me emocionaron y me hizo ver otra forma de Dios. Un Dios humilde, tierno y amable. Le vi forma de campesino nicaragüense.

Ahora en la adultez pienso que Dios es lo que él quiere ser y en cada uno de nosotros existe una idea de Él. Y es por ello que si tenemos una idea, lo complicado carece de sentido. Simplemente es. El estilo del pensamiento actual tiende a la complicación, a lo difícil, nada es sencillo, nada es fácil. Cuando quizás, en realidad, lo complicado es la consecuencia de una falta de vocación, de sinceridad, convicción, decisión, de fe.

En la dificultad, en la complicación se gesta el problema. El mundo es un problema, la cultura es un problema, la educación, el Transantiago es un problema, Dios es un problema, la enfermedad es un problema, la vida es un problema. Todo es un problema. ¡Oh, Dios mío, ¿quién podrá salvarnos?!

Y el problema es que no sabemos con-vivir con nosotros mismos, y lógicamente la con-vivencia con los otros es aún peor. Nos creemos dueños de la verdad absoluta y somos complicados. Y así transcurre la vida, en lo complicado, en la falta de sencillez, en la falta de vivir con la vida, y nos vamos poniendo mediocres, grises, desapasionados.

Con el correr del tiempo estoy aprendiendo a ver lo fácil en lo complicado; ver en lo difícil, moverme en lo complejo; pero sin prepotencia, simplemente con flexibilidad. Esa disposición de actitud distinta me lleva a la experiencia de sentir, de percibir, de darme cuenta... cómo la Fuerza Creadora, lo que llamamos Divino, está ahí, es ahí... es mi energía... es mi idea del Misterio...
Dios es lo que Él quiere ser.

Y así se deja expresar, en la contemplación o en el desespero de cada ser: Misterio.
No es complicado ni es difícil. Es Misterio... pero en Él se está, y en Él, recupero el sentido fácil, sencillo...de la vida.

No entiendo, pero siento. En la oración a mi manera, hablo, cuento, me comunico...con el Misterio. Y me responde el silencio de ese momento...medito y siento. No necesito palabras... simplemente está allí... esta aquí... está en mi corazón... y sigue siendo un Misterio.

Cristina Hurtado

Otra oportunidad

Diciembre, último mes del año, mes agitado, lleno de actividades, ceremonias, actos, graduaciones, evaluaciones o el típico paseo o asado de fin de año... todos estos acontecimientos, de alguna u otra manera, nos hablan de ciclos que terminan, de un año que llega a su fin.

Por lo mismo es tiempo de mirar hacia atrás y recorrer el año vivido; ¿en qué hemos gastado nuestras energías?, ¿con quienes hemos compartido? ¿en qué hemos ocupado nuestro tiempo? ¿en qué cosas o en qué personas hemos puesto nuestro corazón?, ¿a quienes hemos amado? ¿y a quienes no?... y así, un sin fin de preguntas que nos pueden ayudar a mirar con verdad lo vivido.

Acogiendo en nuestras manos la propia realidad, escuchamos la voz potente de Juan el Bautista, con una invitación: “¡Vuélvanse a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!” (Mt. 3, 2). Volverse a Dios, mirarlo de frente, a la cara, con toda nuestra verdad, sabiendo que Él “No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas...”(Is. 11, 3). Sabiendo que es un Dios que no se queda “pegado” en nuestro pecado, sino que nos perdona, nos sana, repara y reconcilia, incluso aquello que nos parece irreconciliable: “Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito...” (Is. 11, 6 ).

Juan el bautista nos dice: “Pórtense de tal modo que se vea claramente que se han vuelto al Señor” (Mt. 3, 8). Al terminar este año y de cara al siguiente, se nos vuelve a abrir la posibilidad y oportunidad de realizar aquello que soñamos, lo que hondamente deseamos y que Dios nos invita a vivir ¿en qué deseamos gastar nuestras energías?, ¿con quienes queremos compartir? ¿en qué anhelamos ocupar nuestro tiempo? ¿en qué cosas o en qué personas queremos poner nuestro corazón?, ¿a quienes queremos amar?...

Desde nuestra verdad tenemos una invitación mayor; vivir un tiempo de espera, de espera vigilante, atenta y llena de esperanza, porque el Señor viene, porque Jesús nace y se hace uno de nosotros y nosotras, comparte y le da sentido a nuestra realidad, la del día a día, la que está llena de gozos, dolores y esperanzas.

En este tiempo de Adviento, que es tiempo de Gracia, pidámosle al Niño que nace en Belén, nos conceda el poder realizar todo aquello que profundamente deseamos y que nos hace volver la mirada a Dios y a nuestros hermanos y hermanas.

Paula Torres aci

Y si el test diera positivo


Adviento tiene algo parecido a los tres minutos de incertidumbre frente al test de embarazo. En este tiempo, los cristianos nos volvemos a exponer a la vertiginosa posibilidad de que efectivamente venga un niño, y que con él, cambie nuestra historia para siempre.

Algunos viven esta espera deseosos. Están en condiciones de alegrarse. Otros la viven en contradicción. No es posible, no es cierto, no estamos preparados. Como sea. A la hora que ustedes menos lo piensen viene el Hijo del Hombre (Mt 24,44).

Empezar a creer que diera positivo, que efectivamente viniera un niño es, de hecho, lo que más intranquiliza. Sin saber aún de qué se trata, es claro al menos que exigirá cambios. Un terremoto de medio kilo, puede derrumbarlo todo. ¿Podrá crecer vida entre los escombros? La noche está avanzada, el día se echa encima (Rm 13,12).

Habrá asuntos domésticos que cambiar y convertir. Rutina nueva y nuevos ritos. Tiempo de mirarlo, de descubrirlo. Estar atento a sus necesidades y las tuyas. Ponerse a trabajar o trabajar el doble. Aunque eso cada vez te importará menos. Al imaginarlo te vas enamorando. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni de pendencias (Rm 13,14). Todo en ti se alegrará en ser-para-el-que-amas. Total humanidad.

¿Y qué dirán los otros? No permanecerán indiferentes. Algunos te animarán, serán apoyo, compañía. Otros, no cabe duda, serán condena. El amor está de tu lado. No hay nada que ocultar, caminarás como en pleno día, con dignidad (Rm 13,13). Una nueva vida es siempre buena nueva. Verán tu alegría, notarán la paz contigo (Sal 121,8).

También al mundo lo verás diferente, le desearás la paz (Sal 121,6). Lo que antes quizás ni notabas, ahora te importa. El amor te urge. Es el mundo tuyo, pero también será el mundo de él y lo quieres lo mejor posible para que él viva. Querrás abrigar a los niños de la calle, porque verás en ellos su rostro. Querrás contarles a todos la alegría de tu espera y te sumarás a los que caminan en la misma caravana.

Puede ser también que el test diga negativo. En ese caso, al menos te queda lo soñado. Creer que por amor estarías dispuesto grandes cosas. Nuestra alegría está más cerca ahora, que cuando empezamos a creer (Rom 13,12).

JnDiegosj

Señor, sálvanos… ¿de qué?


Este domingo, celebración de la fiesta de Cristo-Rey, la Iglesia nos instala de frente a la pregunta sobre el poder de Dios. ¿Cómo entender que un hombre que es el enviado de Dios, el Elegido, el Mesías, el rey de los judíos, heredero en la tierra de todo su poder, esté muriendo en una cruz? ¿Cuál es entonces el poder de Dios si no puede salvar ni a su propio hijo? Estas preguntas parecieron a los personajes del evangelio inexplicables. El hijo de Dios simplemente no puede morir en una cruz. Entonces Cristo no puede ser hijo de Dios: ¿Cómo en el momento de mayor oprobio su supuesto Padre no manifiesta su omnipotencia y lo salva de su dolor?

Los insultos y las burlas de las autoridades, los soldados y el primer malhechor son consecuencia de una incomprensión, de un desconcierto ante la locura de la cruz, que niega todos los parámetros de poder que solemos asignarle a Dios. Imaginar el poder de Dios a escala de los poderes humanos es el error que nos impide encontrar a Dios en el sufrimiento y la humillación. Y es que nos cuesta entender que un ser con tanto poder no huya del dolor, no se salve a sí mismo. Porque lo más seguro es que si cualquiera de nosotros tuviese el poder de escapar de una tortura como la cruz lo haría. Pues el poder, para nosotros, es sinónimo de salvación personal, de alcanzar una cierta seguridad, prestigio y posición que nos impida terminar en una cruz. Y exigimos a Dios, a partir de esta comprensión del poder, que nos salve según estos parámetros. Le pedimos que nos garantice éxito, que ahuyente de nosotros el dolor, que nos aparte de la humillación, que nos asegure la vida de acá.

Pero la cruz, y la respuesta de Jesús a las palabras del segundo malhechor, son manifestación patente de que esa salvación que muchas veces pedimos a Dios no es la que Él nos ha prometido. La salvación de Cristo no se encuentra en bajar de la cruz y escapar de la muerte sino en asumirla con confianza, sabiendo que la última palabra no es el fin de esta vida sino el comienzo de la vida eterna en el reino de Dios. Para el segundo ladrón, y para el mismo Cristo, la vida en plenitud junto al Padre era sólo una promesa. Y aún así ambos fueron capaces de confiar y ponerse en sus manos en el momento de mayor dolor. Hoy, después del tercer día, la Resurrección es una realidad viva. Nosotros, que heredamos el testimonio de la vuelta a la vida de este burlado y humillado, sabemos que la promesa está cumplida. ¿Viviremos a partir de ella o buscaremos salvación en otro lado? ¿Nos aseguraremos la vida o la entregaremos con confianza a nuestro Padre? ¿Qué salvación le pediremos a Dios?

Soledad del Villar

La fama es emífera


¿Quién no deseará estar del lado del Señor –aún a la fuerza– si como alternativa le ofrecen, entre otras analogías, no merecer el derecho a comer, no participar de las fiestas que celebran su llegada o ser quemado como la paja?

A través de las lecturas de esta semana, se nos hace la difícil invitación de cuestionarnos y afinar la vista. Es, a mi juicio, una propuesta “metodológica”, donde se intenta ayudarnos a discernir y buscar lo auténtico en un mundo donde no es difícil confundirse, aún entre los propios mensajes que Dios nos quiere transmitir.

La respuesta al primer párrafo parece demasiado fácil. ¿Puede ser entonces la creencia y el amor a Dios una cuestión forzada, vale decir, creo y amo porque sino no me conviene, por el miedo a lo desconocido, por temor a salir perdiendo… creo en suma porque es normal o por sencilla cobardía? Supongamos que bajo esos argumentos justifico mis creencias, mis amores, mis adscripciones. Lamentablemente, las lecturas de esta semana no acaban ahí. En el evangelio, Lucas narra las advertencias de Dios de los malos tiempos que deberán padecer sus seguidores, pues “habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso les echarán mano, los perseguirán, entregándolos a las sinagogas y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía”. En otras palabras, estar del lado de Dios no siempre es de lo más conveniente ni lo más fácil.

Esta semana se nos muestran, una vez más, contradicciones desde el punto de vista lógico, de las cuales sólo es posible abstraerse desde la fe, una fe que nos salva, una fe que es testimonio y palabra de vida, raciocinio y esencia, espíritu vivo al servicio de los dilemas del hombre.

El Señor da advertencia de los padecimientos de sus seguidores en el momento en que ellos se dedicaban a aplaudir la belleza de un templo, por la calidad de su piedra y sus ofrendas. Entonces augura que todo eso, aunque bello, va a desaparecer: hay un día en que todo será destruido.

¿Qué cosas bellas en el mundo realmente no van a desaparecer nunca?
¿Qué es lo perceptible de Dios en el mundo?
¿Dónde está en esta tierra lo justo, lo bello, lo bueno, lo verdadero?
¿Cómo depurar lo bueno de lo malo?
¿Cómo mirar lo trascendente desde lo cotidiano?

Lo bello que admiramos a diario, así como nuestras glorias de las que nos ufanamos, son ante todo triunfos perecederos. Nuestros pergaminos, nuestras materialidades, todo es efímero. En la desesperación que debería producirnos esa constatación, existe aún una posibilidad de asirse: aferrarse a través de la fe; encontrar lo trascendente sólo en aquello en que creo profundamente; conservar las esperanzas sólo a partir del amor profundo que Dios nos tiene y en mis convicciones del alma. El evangelio es precioso y contradictorio nuevamente, en la medida que a esa invitación, que parece desquiciada y sobre todo muy difícil, le superpone la tranquilidad y la facilidad de contar con la ayuda irrestricta de Dios: “Hagan propósito de no preparar su defensa, porque yo les daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario(…)ni un cabello de su cabeza perecerá”.

Volviendo al primer párrafo, desear estar del lado de la fe no es una decisión fácil, está llena de desafíos, pero también es un acto trascendente y de profundo amor. La dificultad de jugársela por la fe tendrá la gracia de contar siempre con la presencia de Dios. Dios estará ahí, cerca de lo difícil, premiando la perseverancia, la entrega desinteresada, los sufrimientos y los malos momentos, las carencias, las amarguras, las injusticias, los despojos y las crueldades. A través de los textos de esta semana, el Señor nos vuelve a recordar que los males cotidianos, al igual que nuestros pergaminos y nuestras glorias, son siempre efímeros. Sólo nos queda entonces la constatación de quienes cerca nuestro sufren, perseveran, padecen injusticias, se les margina, se les excluye de la buena piedra, del templo firme, de la vestidura fina… pues son testimonio vivo de una fe que a ellos, primero que a nadie, los salva. Qué profunda envidia.

Jorge Atria

¿Estoy vivo?



Hace unas semanas un amigo me dijo –bajo riesgo de herejía– que tenía una teoría: Una vez muertos, en vez de un juicio final donde se evalúa si somos merecedores del cielo o del infierno, sencillamente nos mantendremos amando tal como lo hemos hecho a lo largo de nuestras vidas. De esa forma, el infierno no será más que “seguir viviendo” para una persona que en su vida no ha sido capaz de amar, mientras que para los que amaron, el Reino de los Cielos se presentará como una prolongación del amor que han entregado y recibido mientras estuvieron vivos.

Sin entrar en una comparación odiosa entre los procedimientos formales (oficiales) después de la muerte, quiero rescatar la potencia de la frase que más me marca de este evangelio, “No es Dios de muertos, sino de vivos”. Que la vida eterna se viva desde hoy cambia radicalmente la perspectiva con que uno enfrenta a la muerte lejana y extraña, que sólo conocemos cuando afecta a los demás. Entender que la muerte es el “estado de no-amor” implica preguntarnos desde hoy y para siempre ¿estoy vivo?, ¿estoy amando?, ¿soy amado?

El “Cielo” se juega diariamente, y quienes quieran ser como saduceos, mejor nunca vayan a la ópera. Porque, tal como finalizó el mismo amigo de antes, para regocijarse con una ópera es necesario experimentar las sensaciones que provoca muchas veces, hasta que el oído y el gusto se refinan. Es la única manera de disfrutarla a concho. Con la vida eterna pasa exactamente lo mismo. Si no se ha buscado amar con pasión e insistencia muchas veces, y a cada cosa que nos rodea, nunca se podrá disfrutar con creces la compañía de Dios; nunca se podrá, en definitiva, estar vivo.



Claudio Castro

Sí, soy pequeño


Es casi inherente al hombre buscar poder, superioridad, reconocimiento o alguna forma de destacarse. A través de la historia podemos encontrar muchos ejemplos, pero este hombre poderoso no se alzó por sobre los demás para impresionarlos, regirlos o cuidarlos sino que trepó para reconocer al que venía.

Lo que me encanta de esta lectura es cómo Zaqueo tiene la virtud de reconocer que es pequeño e incompleto a pesar de ser rico y poderoso. Él sabe que necesita ayuda para ser una mejor persona, sabe que necesita subir al árbol, igual como lo hacen los niños, para poder ver y disfrutar de algo que todos los demás gozan pero que a él no se le permite porque es pequeño. Sube, pero no de la forma fácil con una escalera, sino que sólo con sus manos y entusiasmo, cuerpo y alma en esfuerzo y sin vergüenza de reconocerse pequeño… sube, para estar por sobre los demás, pero no con la común finalidad que vemos hoy en día de querer sentirse más que los que quedan abajo, sino para aspirar a más, para conocer quién es Jesús, para crecer desde dentro.

Creo que en el momento en que reconocemos que estamos incompletos, que nos hace falta “algo”, que no somos tanto como podríamos ser, entonces Jesús elige alojar en nuestra casa. Y no es difícil reconocer nuestra pequeñez, nuestra mediocridad, basta con mirar cuantas maravillas se nos dan cada día, desde lo que damos por hecho como un amanecer, que trae la oportunidad de vivir un nuevo día, hasta lo que agradecemos en momentos especiales como el apoyo incondicional de la familia o amigos… reconociendo estas cosas simples podemos ver que nuestro potencial es inmenso.

Cada uno tiene una base sobre la cual trabajar y trabajarse, todos sabemos cuanto podemos dar y la buena noticia es que Dios está con nosotros a cada paso para que logremos todo lo que podemos ser. El desafío es tener la autocrítica para reconocerse pequeño en esta sociedad que nos exige ser grandes, luego sólo queda esperar por la bendición y humildad para aspirar a ser más en Dios.

Daniela Muñoz

Jesús juicioso


¿Qué es lo propio de un juez? A nuestros ojos un buen juez es aquel que es imparcial, teniendo como paradigma de confrontación la ley y las circunstancias de aquello que se tiene por materia de juicio. Los “hechos”, por tanto, deben ser juzgados con la mayor objetividad posible, manteniendo las distancias y dejando de lado toda afección posible para que prime y gobierne solamente la ley, el derecho y la justicia. Es así como la imparcialidad se plantea como un valor fundamental a la hora de decidir y de juzgar. En otras palabras, un “buen juez” es aquel que no se la puede jugar (ni involucrar) por ninguna de las contrapartes.

Dicen por ahí, que los “juiciosos” vivimos siempre juzgando a los demás, porque no podemos escaparnos del juicio moral... Éste es bueno o malo, valioso o poco habiloso, caprichoso o mentiroso, santa o descarriada... Y el paradigma de nuestros juicios debiera seguir siendo el del “buen juez”, para que seamos validados como prudentes y ponderados en nuestro hablar…

Desde el criterio de la imparcialidad el Fariseo es un buen juez de sí mismo, porque sus juicios son todos correctos y objetivos. “Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”. No me cabe duda que el fariseo está diciendo la verdad, solamente la verdad y nada más que la verdad.

Jesús, sorpresivamente, nos cambia la óptica una vez más, ya que si Él fuera también un “buen juez” tendría que aplaudir y reconocer públicamente las maravillas obradas por el Fariseo; porque sus palabras, seguramente remiten a hechos objetivos. Pero, en honor a la pedagogía del contraste, Jesús continúa la parábola mostrándonos a un pobre publicano, despreciado –antes de partir con la explicación– por el solo hecho de ser publicano. El no se atreve ni siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que sólo implora misericordia “¡Dios mío ten piedad de mí, que soy un pecador!”. Las vidas del Fariseo y el Publicano no tienen parangón. Si Jesús fuera un “buen juez”, ante todo imparcial y desafectado, no tendría sólo que aplaudir y reconocer al Fariseo, sino que tendría que condenar abiertamente al recaudador de impuestos para Roma… Pero el gran quiebre de la parábola se da precisamente en que Jesús desecha la imparcialidad, porque implica no involucrarse realmente con lo nuestro, tomar distancia de nosotros. Nuestro Dios toma partido y lo hace por los indefensos. Lo hace por nosotros en la medida en que reconozcamos nuestra indefensión. No se sube al estrado del juez, sino que se abaja al que sufre, haciéndose cercano y próximo a Él. Su justicia parte inclinada hacia el más débil. La imparcialidad se convierte en parcialidad. Parcialidad absoluta por el que está lejos y frágil. Parcialidad que juzga con el corazón. Parcialidad dada por el amor profundo por el hombre que se torna pasión por aquellos que no tienen con qué justificarse. Jesús como buen “juicioso” enjuicia, pero lo hace con otros criterios. Su juicio parcial se inclina al escuchar a aquel sentenciado que se muestra necesitado de Dios, abierto a la Fe. Su juicio es interior y no exterior. Juzga la conciencia que no se adueña de lo bueno, sino que implora piedad. Juzga a favor de aquel que no busca poseer(se), sino referirse a su Señor. “Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. No cabe duda que Jesús está diciendo la verdad, solamente la verdad y nada más que la verdad. Eso es lo que hace a un buen Juez.


Carlos Alvarez sj

Pedigüeñando

Unos días atrás “el editor” me encontró pajaroneando y me convenció de escribir esta columna. Como leí en un evangelio -el de Sara (ja)- ahora me siento parte de los “asfixiados por la religión,(…) castigado por risueño y un burlado del tercer milenio”*. Al menos parto bienaventurado: lloriqueando.

Lo bueno de las parábolas es que uno puede ser cualquier personaje. Hasta ahí iba bien en mis reflexiones, siguiendo los consejos del futuro Padre Ignacio. Desde luego, el juez injusto, que hace justicia porque lo fastidian, pero también la viuda pedigüeñando. Como cañón, me vinieron a la cabeza las soluciones parche en materia de empleo, los reajustes miserables en educación, la ciudadanía credit-card, (“los plásticos” nos dicen en Juan Fernandez) y ahí se me mezclaron el juez con la viuda y la fe, la tierra y Amalec** con su tropa en ataque. Sobre estimulado con la oportunidad de tener tribuna virtual, me pasé al transantiago, a la salud, a los pingüinos, a LUN y al fastidio generalizado. Para seguir, al gran engaño del progreso y el éxito, la cultura porno, la hiperstimulación de los sentidos y sobre todo, como me dijo un amigo, al problema de que “la realidad se muestra hoy más real que ella misma”. ¿Hiperrealidad, como en El Capitán Futuro? ¿o quizás Chilewood? Con eso, quedé convencido de que Moisés bajó las manos. Quizás las piedras que debían sostenerlas son de silicona en este incipiente s XXI.

O bien, no pedimos lo suficiente o bien no escuchamos lo suficiente. O con mayor certeza podría decir que todas las anteriores. Pero pedir con responsabilidad, no pedigüeñando, y oír a los demás y actuar no por fastidio o culpa, sino por amor al Reino. Por ahí podemos comenzar a entendernos. Quién sabe, quizás con hasta mirar con la frente en alto “la nueva era”. Y claro, actuar como que todo dependiera de uno, pero sabiendo que depende en última instancia del Dios.

Un último regalo para los entusiastas que me han aguantado hasta acá. Es de Don Francisco de Quevedo y Villegas (s XVII):


A UN JUEZ MERCADERÍA

Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!,
menos bien las estudias que las vendes;
lo que te compran solamente entiendes;
más que Jasón te agrada el Vellocino.

El humano derecho y el divino,
cuando los interpretas, los ofendes,
y al compás que la encoges o la extiendes,
tu mano para el fallo se previno.

No sabes escuchar ruegos baratos,
y sólo quien te da te quita dudas;
no te gobiernan textos, sino tratos.

Pues que de intento y de interés no mudas,
o lávate las manos con Pilatos,
o, con la bolsa, ahórcate con Judas.

Eduardo Undurraga

* Nota del Editor: el “Evangelio de Sara” se puede encontrar en un link en el costado derecho de este blog.
** Nota del Editor: Amalec, personaje de la primera lectura de este domingo.